Cada mañana a las 8, el Kiosco Ocafer, frente al hospital Ramos Mejía de la Ciudad de Buenos Aires, levanta las persianas para atender a sus clientes. Puertas adentro todo sigue como siempre y la rutina no varió demasiado, pero afuera las cosas ya no son iguales: el aislamiento social alteró la dinámica de las calles, ahora vacías para disminuir el avance de la pandemia. Y eso, claro, repercute directamente en el pequeño comercio: “Vienen cinco veces menos compradores que hace tres semanas, cuando todavía vivíamos en la normalidad”, grafica Juan Ocampos, el dueño del emprendimiento.

Lo que podía resultar un panorama desalentador, de la mano de Wabi, la plataforma digital gratuita que le permite recibir pedidos y llevarlos a domicilio, se transformó para Juan en una oportunidad de darle un nuevo enfoque a su negocio: si bien él ya la utilizaba desde antes —de hecho, se jacta de ser uno de los primeros comercios en haberse adherido, hace poco más de un año—, el kiosquero asegura que a partir de este nuevo contexto las ventas por esa vía crecieron más del doble. “Es un mal momento para la venta al público, pero uno muy bueno para tener Wabi”, asegura Juan sobre la plataforma desarrollada por YOPDev con el apoyo de Coca-Cola, y que funciona de manera muy sencilla: el cliente elige lo que necesita a través de su teléfono celular y el comercio más cercano se lo alcanza, sin intermediarios ni costos de envío.

Juan Ocampos empezó a incorporar productos típicos de almacén a su kiosco de Balvanera, ya que tienen mucha demanda digital. Sonia lo ayuda a preparar los pedidos.

Utilizar la app de Wabi, que está disponible en 14 ciudades de ocho países de América Latina (en Argentina funciona en Buenos Aires, Córdoba y Salta) también modificó la lógica de su negocio: de ofrecer únicamente golosinas y bebidas pasó a incorporar otras mercaderías propias de almacén, que tienen mucha demanda digital. “Tengo que dedicar un poco más de espacio en el local para guardar un stock mayor a lo que sería normal para un kiosco, pero todo termina vendiéndose, así que bienvenido sea”, señala. Tanto es así que está analizando la posibilidad de sumar un segundo repartidor a su equipo.

Emprendimiento familiar

Distinta es la estrategia de Gastón Cruz, quien se encarga personalmente de los pedidos que llegan por medio de la app a Sweet Day, su kiosco del barrio de Monserrat. “Cambiamos la manera de organizarnos: ahora mi mamá atiende junto a una empleada a los clientes que vienen al local, y yo me dedico a realizar las entregas en mi moto”, detalla Gastón. Y cuenta que decidió sumar su comercio a Wabi en noviembre, a partir de la sugerencia de uno de sus proveedores. “Decidí probar y la verdad es que funciona. En enero y febrero me salvó, porque cuando en la escuela de enfrente no hay clases, las ventas bajan”, aclara.

En ese sentido, hoy el aislamiento obligatorio golpea a su kiosco por partida triple: tampoco están abiertos los comercios ni las oficinas de la zona, que tanta clientela movilizan. Por eso, aunque siga ofreciendo atención al público (pero con la persiana baja, como lo haría una farmacia de guardia), Wabi le permite continuar con sus ventas. “Y a partir de todo esto empezaron a llegarnos pedidos de artículos de limpieza, algo que antes jamás había pasado”, agrega sorprendido.

Un kiosco en el desierto

Si de zonas afectadas por la cuarentena se trata, pocos lugares más emblemáticos que el microcentro de la Ciudad de Buenos Aires: allí, sobre la calle 25 de Mayo, en un día normal pueden pasar miles de personas, pero hoy parece un desierto. Sin embargo, Aliskair Pérez mantiene abierto su minimarket, en gran medida gracias a los pedidos que recibe a través de Wabi. “Las puertas siguen abiertas de 7:00 a 23:00, pero lo que más se mueve son los envíos a domicilio a través de la plataforma. Nuestro repartidor se la pasa en la calle”, señala.

Nacido en Concepción de la Vega, República Dominicana, Aliskair abandonó hace tres años su carrera como administrador de empresas y puso su pequeño almacén. “Cambiar de rumbo fue una buena decisión. Me gusta tener mi propio negocio, valoro la independencia que me da”, confiesa con un buen espíritu que se mantiene intacto incluso en días complicados como estos. Y eso, en buena medida, se debe al empuje que le da la aplicación para seguir adelante en un contexto en el que muchos de sus pares eligen cerrar. Según estima, la demanda aumentó un 50 por ciento: “A la gente le gustan las ofertas, son increíbles. Esto tiene un gran potencial”.

Aliskair Pérez (der) cuenta que Vicente, su repartidor, está todo el día entregando productos. Y eso que su minimarket está ubicado en pleno microcentro porteño, una de las zonas donde más se nota el efecto de la cuarentena. 

Lejos de allí, en Belgrano, la experiencia de María Nardin es similar. Al frente del Maxiquiosco Quinteros, ella empezó a usar Wabi en septiembre del año pasado sin tener mucha idea de qué resultado le daría. Hoy está contenta de haberse sumado porque la app permite que sus clientes de siempre se queden en sus casas y además le da la posibilidad de sumar otros que viven un poco más distantes, ya que el radio de entrega que maneja es de 20 cuadras. “Me parece que se convirtió en un servicio esencial, porque implica, por ejemplo, que un anciano se quede en su casa y no salga. Los pedidos entran a granel y Wabi está manteniendo los precios y las promociones. Esto permite que podamos seguir con el flujo de ventas normal, sin exponernos”, indica María, que eligió tener cerradas las puertas de su local. Sin embargo, debido a la gran cantidad de pedidos que recibe decidió, en plena cuarentena, sumar un repartidor más.

Por último, María resalta la contención que recibe de parte del staff de Wabi. “Están 24/7 para mí. Llaman por teléfono, me dicen que me cuide y me preguntan cómo pueden ayudarme. Si la dirección del envío es incorrecta, me ayudan. Me hacen sentir muy cómoda, somos un equipo”, grafica y concluye: “Es difícil trabajar contento, y la verdad es que esto me da felicidad. El factor humano es muy importante”.

Si querés saber más sobre Wabi, leé esta nota