Banderines de todos los colores cruzan de un lado a otro la diminuta y pintoresca calle Prometeo, en Coghlan, que se vistió de fiesta para celebrar la llegada de un nuevo vecino. Se trata de un pequeño árbol de una especie nativa de esta región del Río de la Plata, que tendrá una misión muy importante: ayudar a conectar la Ciudad de Buenos Aires con su entorno natural y favorecer el desarrollo de ciertas variedades de fauna autóctona, como pájaros y mariposas.

La incorporación al barrio de este ejemplar de fumo bravo es obra de Barrios Arborescentes, un grupo de 11 vecinas que desde hace cuatro años se reúne periódicamente con la idea de aportar su granito de arena al cuidado del ambiente. “Detectamos los posibles espacios donde podemos incorporar árboles y arbustos en la vía pública, y nos asesoramos con ONGs y especialistas con la idea de generar biocorredores”, explica a Journey Soledad Allegro, arquitecta y parte del equipo que trabaja también junto a la Comuna 12. Durante 2019 ya incorporaron a la zona 54 árboles.

¿Qué es un biocorredor? En pocas palabras, una ruta natural que enlaza a los pulmones verdes de la ciudad. “Es una estrategia para sumar naturaleza en grandes centros urbanos. Los jardines y las veredas son como islas para que las especies atraviesen ese ‘desierto’ y recuperen su hábitat”, explica el ingeniero agrónomo Eduardo Haene, profesor universitario y experto en el tema. Si bien no vive en el barrio, se acercó atraído por el valor social de la iniciativa. “Ellas se dieron cuenta de que realizando aportes verdes a su barrio logran un impacto global. Y algo tan simple como plantar un árbol hoy se transformó en un acto divertido y conmovedor. Ahora muchas personas quedaron ligadas a él para siempre”, reflexiona.

La idea de “Barrios Arborescentes” es que los jardines y las veredas funcionen como islas para que la fauna local pueda atravesar el ‘desierto’ urbano y recuperar su hábitat.

El aspecto comunitario es uno de los pilares de la propuesta y no sólo un efecto secundario: a partir del trabajo de “Barrios Arborescentes”, la relación entre los vecinos cambió y se volvió más cercana, de puertas abiertas y veredas activas, tal como eran las cosas allá lejos en el tiempo. “Los que vienen de otros lugares se quedan asombrados porque nos paramos a conversar en la calle, sin esa distancia que hoy es tan habitual”, resalta Susan Levin, que hace 40 años vive en la misma casa de Coghlan, a la que llegó atraída por la idea de tener un jardín como los de su Londres natal.

Ese clima de antaño se multiplica durante las celebraciones anuales, como la que organizaron hoy para plantar el fumo bravo: en la fiesta de la calle Prometeo todos participan de un encuentro comunitario en el que, entre tortas e infusiones, se reparten plantines y conversan animadamente mientras los más chicos se preparan para dar un espectáculo junto a su maestra de música. Una escena de otra época.

“Es maravilloso, porque más allá de la cuestión ecológica cada árbol nuevo que llega hace que la gente se empiece a mirar a la cara, se hable, se escuche y hasta se pueda pedir algún favor”, destaca Soledad, a modo de cierre. Y sin olvidarse de su nuevo vecino agrega: “A partir de ahora él también nos necesita a nosotros. Por eso es importante que todos salgamos a ver lo que tenemos en nuestra vereda, en la puerta de casa; a veces parece una presencia invisible, pero en realidad juega un papel fundamental”.