Reciclando Conciencia es una cooperativa de Pinamar que recupera desechos inorgánicos y los convierte en materia prima para luego comercializarla. Desde hace unos meses, además, utiliza una porción de lo que recolecta para fabricar ecobloques, un súper material de construcción hecho a partir de cemento y algún residuo inorgánico, como tapitas de plástico molidas, que lo convierten en una alternativa más liviana, barata y hasta con mejores propiedades aislantes que los ladrillos tradicionales. Y ellos confían tanto en lo que producen que hasta lo usaron para ampliar su propia planta operativa.

El proyecto de Reciclando Conciencia comenzó hace una década, primero en forma de activismo y recién a partir de 2014 como cooperativa. Pero el gran salto lo dio tres años atrás, cuando obtuvo el reconocimiento municipal para encargarse del tratamiento de los residuos reciclables de todo el partido de Pinamar. “Recibimos el material preclasificado en plástico, cartón y vidrio y nosotros lo separamos en 16 variedades”, explica a Journey el fundador y Presidente de la organización, Carlos Méndez. Y detalla que el año pasado recuperaron 720 toneladas de desechos que, de otra manera, habrían ido a parar a un relleno sanitario.

Más allá de poner el foco en la venta de esos materiales, en Reciclando Conciencia prestan atención a que los compradores puedan ofrecer una trazabilidad sustentable; es decir, que le den un uso responsable con el entorno: “Nos aseguramos de que quienes se lleven este material no lo usen para fabricar productos que luego no puedan ser recuperados, como el poliéster”, ejemplifica Carlos. La idea de producir ecobloques nació bajo ese mismo concepto: el aprovechamiento de plásticos que no están en condiciones de reinsertar en el circuito comercial como materia prima (tapitas de botellas o poliestireno expandido, por ejemplo), ya sea porque es imposible reciclarlos o bien porque no tienen viabilidad económica.

Así fue como la cooperativa entró en contacto con el Centro Experimental de la Producción (CEP) de la Facultad de Arquitectura y Diseño Urbanístico de la UBA, el equipo detrás de ese prototipo, y lo llevaron a una escala industrial. Empezaron en abril de 2019 y ya producen 100 unidades diarias. La intención es quintuplicar esa cifra, un objetivo para el cual se hace indispensable expandir el espacio físico de la cooperativa, un galpón de 800 metros cuadrados que ya de por sí les quedaba chico y complicaba las tareas de los trabajadores. ¿Qué mejor que ampliarlo con los ecobloques que ellos mismos fabrican?

La primera etapa de la obra ya terminó: construyeron 70 de los 250 metros cubiertos que planean sumar como meta final para la planta. Para ello usaron 900 ecobloques.

Primero todos, después uno

Además del objetivo de conseguir una rentabilidad que les permite mantenerse en pie, las 34 personas que trabajan en la cooperativa entienden que cumplen un rol dentro del ámbito en el que viven y se desarrollan. Por eso reciben todas las semanas la visita de escuelas y jardines de infantes, y a su vez colaboran con la reparación de mesas y sillas de esos establecimientos educativos. “Las vamos a buscar, las arreglamos y las devolvemos sin costo. Lo que se genera acá va mucho más allá de lo ambiental, conforma un vínculo”, afirma Carlos, y asegura que ese lazo no se limita a las fronteras de Pinamar, también viajan a localidades de municipios aledaños, como el Partido de La Costa, para dar charlas y explicar cómo trabajan.

El componente comunitario que forma parte del espíritu de la cooperativa desde el primer día fue inyectado directamente por su fundador, que resignó un buen pasar económico como responsable de una pyme para “hacer lo que había que hacer”, explica. “Si no actuamos desinteresadamente en algunos aspectos de la vida no podemos promover una unión. Por eso mi filosofía es la de primero dar y si después recibimos, mejor; si no, habrá que ser pacientes y esperar porque en algún momento todo eso pegará la vuelta”, concluye.

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