Hasta fines de 2018, la subsistencia familiar en la comuna La Gallareta, al norte de Santa Fe, estaba signada por períodos de sequías e inundaciones. Y aunque los caprichos climáticos no se pueden modificar, los vecinos están ahora preparados para hacer frente a los meses en los que las lluvias se hacen rogar: tras ganar la 11ª edición del Concurso de Agua recibieron los fondos para construir 10 depósitos para almacenar el agua de lluvia que cae sobre los techos de las casas.

Las llamadas cisternas de placa, un sistema llegado desde Brasil e impulsado aquí por el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), significaron un gran salto en la calidad de vida de los vecinos. Con los $260.000 del premio se compraron y distribuyeron los materiales y los moldes para fabricar los tanques y se capacitó a dos vecinas como instructoras; luego, los mismos beneficiarios construyeron las estructuras.

Journey visitó el lugar de la mano de Horacio Moschen, Director Técnico de Fundapaz, la ONG que postuló el proyecto al Concurso de Agua, que desde hace 12 años organizan Fundación Vida Silvestre y Coca-Cola de Argentina.

Los vecinos del lugar, emocionados, relataron cómo la posibilidad de disponer de agua cambió sus rutinas y mejoró su calidad de vida. “Es un alivio grandísimo. Lo importante es que uno tiene el agua acá, a mano, y es agua linda. Tenemos para la casa, para los animales de la granja, y ahora hasta podemos tener una huertita”, celebra Sandra Arroyo, una de vecinas que construyó junto a su familia una cisterna de 16.000 litros de capacidad en el patio de su hogar. La capacidad de los aljibes permite seis meses de uso racional del agua, suficiente para superar las épocas de sequía de la zona.

Cambio de vida

“Estamos 250 kilómetros al norte de la ciudad de Santa Fe, una de las zonas más aisladas y con mayor vulnerabilidad social y ambiental”, explica Horacio, quien agrega que los habitantes de estas poblaciones rurales dispersas dependían del agua de las napas, lo que era un problema porque en muchas zonas de La Gallareta el agua subterránea no es apta para el consumo por la presencia de arsénico.

“Con las lluvias, las napas suben muy arriba y sale agua turbia porque se mezcla con la de los charcos”, asegura Ramón Robledo, pareja de Sandra. En cambio, en épocas de sequía las napas se secan y casi no se puede conseguir agua: la familia debía resolver todo el funcionamiento del hogar y de la chacra, con sus animales incluidos, con apenas dos baldes diarios de 20 litros.

“Hasta los niños más chiquitos acarrearon agua y arena para la construcción de los tanques”, precisó Ramón, y resaltó que al principio creyeron que lo que se planteaban iba a ser imposible, pero que con el tiempo surgieron “cosas muy lindas”. El proyecto unió a los vecinos, que se ayudaron entre ellos en la construcción. “Nos organizábamos y a veces nos hacíamos siete u ocho kilómetros para ir a ayudar a otra familia”, agregó el hombre con acento de campo.

María Robledo vive a unos pocos kilómetros de la casa de su hermano Ramón y también posee un aljibe para recolectar agua de lluvia. “Tener el agua acá, en la casa, te facilita todo. La comida es más rica, más sabrosa; y los mates, deliciosos”, asegura mientras ofrece unos pastelitos caseros.

Con el agua segura ya garantizada, María sueña con más: espera poder poner un tanque en el techo de su casa para acceder al recurso sin necesidad de ir y venir del aljibe con baldes. Y que por fin se concrete el proyecto municipal de llevar la red de electricidad a la zona. Cuestiones básicas que antes parecían lejanas y que, ahora, confía en que se conviertan en realidad.

Si querés conocer a los ganadores de la última edición del Concurso de Agua, leé esta nota.