En una de las paredes de la sala de recepción del Centro de Reciclaje de la Ciudad de Buenos Aires una línea de tiempo explica la historia de la basura. “Siglo XV. El hombre busca un lugar para depositar sus residuos en las cercanías de sus asentamientos”. Luego, cuenta que en 1803 aparecen –recién– los primeros cestos de basura. A mediados de 1970 se adopta la técnica de relleno sanitario. La historia llega hasta 2015, cuando comienza a funcionar en Buenos Aires el primer centro integral de promoción y educación sobre el reciclado de la Argentina. Ubicado en Villa Soldati, el Centro reúne cuatro plantas de tratamiento de residuos, una instalación automatizada conocida como MRF (Material Recycling Facility) y un centro educativo. Hasta allí llegó Journey para conocer cómo funciona el lugar en el que se recicla un tercio de la basura que generan los porteños.

“Bienvenidos al primer centro verde automatizado de la Argentina y uno de los primeros de América Latina. Estamos construyendo dos más en la ciudad”, señala al inicio del recorrido Pablo Rodríguez, Director General de Tratamiento y Nuevas Tecnologías del Gobierno de la Ciudad. Y luego informa que el centro se divide en cuatro plantas: de áridos, de orgánicos, de poda y de PET.

El enorme espacio está abierto al público –sobre todo a escolares–, con el fin de dar a conocer a dónde va a parar lo que desechamos a diario y generar conciencia sobre el destino que le damos a los residuos. El tour comienza en la planta de orgánicos, donde un gran contenedor recibe el material de restaurantes y grandes productores de desperdicios. “Aquí entra en contacto con una masa de compost ya activado, que acelera el proceso natural del material fresco. El resultado se usa como relleno en espacios verdes y plazas”, grafica Pablo.

Después llega el turno de la planta de áridos, la más antigua y activa del lugar, con una capacidad de procesamiento de 2.400 toneladas por día de escombros y restos de construcción que provienen de obras públicas y privadas. Un volquete deposita el contenido en una línea, donde se va separando el material que puede ser reutilizado. “Alrededor de un 90% de lo que llega a esta planta se reinserta en el mercado”, agrega Pablo.

La planta de PET recibe las botellas compactadas de los Centros Verdes de la Ciudad. Gracias a un proceso de clasificación, separación, molienda, limpieza y secado de los envases a partir de una maquinaria de última tecnología se pueden procesar unos 2000 kilogramos de material por hora y se consigue un producto final mejorado: pequeñas escamas de PET que son entregadas de forma gratuita a las 12 cooperativas que hoy integran el Servicio Público de Higiene Urbana, que a su vez las venden a empresas que las utilizan para la elaboración de nuevos productos. “Las botellas entran a una cámara con dos molinos que trituran todo. Ese material cae a una batea con agua, que hace una separación por flotación y divide la botella del resto del material, como etiquetas y tapitas. Las cooperativas suelen elegir el papel y cartón y optan menos por el plástico. Esta planta nació, precisamente, con la idea de incentivar aún más la recolección de ese material”, explica Pablo.


A través de uno de los cristales de la pasarela, se alcanza a ver más adelante la planta de poda y forestales, que tiene una capacidad de tratamiento de entre 30 y 100 toneladas diarias. Los troncos y las ramas se introducen en una gran chipeadora –los operarios la llaman “La Bestia”–, que procesa el material. El resultado son virutas, astillas, fibras y pallets. Según el guía de Journey, “se utiliza para relleno de piso y también para el compost de la planta de orgánicos”.

Por último, el recorrido lleva al MRF (Material Recicling Facility), donde es una máquina que la que encarga de separar y recuperar los materiales secos que las Cooperativas de Recuperadores Urbanos acercan al lugar. La diferencia de esta instalación con el resto de las plantas es que aquí metales, papeles, cartones, vidrios y metales no ferrosos son procesados de forma automática.

“Uno puede elegir todos los días qué hacer con sus residuos. ¿Lo reutilizo poniéndolo en un contenedor verde? ¿O quiero que vaya a un relleno sanitario para siempre?”, desafía Pablo.

Cuando termina el tour, un grupo de alumnos espera su turno en la sala de recepción para iniciar el recorrido. Según Pablo, los niños son la gran esperanza para producir un cambio cultural. “Son ellos quienes les explican a sus padres y abuelos por qué es imprescindible separar la basura”, concluye.

Si querés conocer cómo funciona la planta de reciclaje de PET grado alimenticio más grande del mundo leé esta nota.