Los datos son alarmantes: según el último informe del Instituto de Recursos Mundiales (WRI, por sus siglas en inglés) un cuarto de la población mundial vive en países donde cada año se extrae más del 80% de la oferta de agua disponible. El crecimiento demográfico y el uso ineficiente de los recursos explican en buena medida este escenario de estrés hídrico extremo, una amenaza silenciosa que, si no se detiene, puede resultar en crisis alimentarias, financieras y hasta migratorias.

Los países más perjudicados son los de Oriente Medio, con Qatar, Israel y Líbano a la cabeza. Argentina aparece relativamente bien posicionada: ocupa el escalón 92 de 164, ubicándose en la zona de estrés hídrico bajo a mediano. Sin embargo, le alcanza para ubicarse séptimo en la nómina sudamericana, liderada por Surinam (164), Uruguay (151) y Paraguay (150).

A su vez, y de acuerdo a datos de la Secretaría de Gobierno de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación (SAyDS), la mitad de la población nacional se concentra alrededor de cinco cuencas, por lo que su preservación resulta esencial para garantizar el acceso al agua potable. Con esto en mente, en 2018 nació la Red de Evaluación y Monitoreo de Ecosistemas Acuáticos de la Argentina (REM.AQUA), un proyecto conjunto entre la SAyDS y el Conicet que busca capitalizar el conocimiento científico disponible y generar herramientas de diagnóstico para conocer mejor los recursos hídricos locales. Los talleres e investigaciones ya empezaron, y se espera que los primeros informes vean la luz en 2020.

En diálogo con Journey, la Coordinadora Científica de REM.AQUA, Nora Gómez, detalla que la iniciativa se basa en cuatro ejes que prometen cambiar la manera de abordar estos temas: el uso de la biota (conjunto de organismos vivos) como monitor de un ecosistema acuático, la definición de qué organismos de la flora y la fauna autóctona se utilizarán como referencia guía, el estudio de cuánta agua se debe mantener en los ecosistemas para que puedan sobrevivir en el tiempo y la evaluación de cómo los procesos naturales pueden aportar beneficios a la sociedad.

“Para muchas provincias va a ser una herramienta interesante para entender cómo pasamos de una mirada antropocéntrica a una biocéntrica, donde todas las especies estemos al mismo nivel. Que el circulante que queda en los cuerpos de agua no alcance para soportar la biota del lugar significa que a largo plazo nos va a afectar a nosotros también”, ejemplifica.

Cantidad y calidad

Más allá de su rol en REM.AQUA, la ecóloga dirige desde 2015 el Instituto de Limnología de La Plata, un organismo dependiente del Conicet y de la Universidad Nacional de La Plata que estudia los cuerpos de agua dulce de la llanura pampeana y el estuario del Río de la Plata. Inevitable, entonces, la referencia a la tristemente célebre cuenca Matanza-Riachuelo. “Está cambiando para bien en sus riberas, pero lo más difícil de mejorar es la calidad del agua”, señala Nora y cuenta que uno de los grandes problemas es lo que se vierte allí, empezando por los efluentes cloacales e industriales que dificultan cualquier trabajo para su progreso.


 

Pero la calidad también es una amenaza para el agua de otras cuencas, e incluso para la que llega a las canillas de los hogares: de seguir por este camino, los costos para su tratamiento podrían elevarse y dificultar el acceso al recurso. “La basura es un problema muy grande. Los ríos no deben ser entendidos como transportadores de desechos; son sistemas vivos, capaces de recuperarse a sí mismos, pero tenemos que evitar excedernos”, indica.

Una consecuencia tangible de esta mala praxis es la presencia de microplásticos, tanto en el agua como en los peces. El estudio de estos temas en la Argentina comenzó hace apenas cinco años, pero ya arroja resultados contundentes. “Hicimos abordajes para analizar la presencia de microplásticos en peces de la costa del Río de la Plata y nos encontramos con que el grado de estos contaminantes es importante. Analizamos especies con distintos hábitos de alimentación y en diferentes puntos del estuario y todos los contenían en sus organismos”, advierte Nora.

En ese sentido, la especialista destaca la necesidad de que haya políticas de Estado, pautas de trabajo integrales que garanticen continuidad independientemente de los cambios de gestión y que, en consecuencia, permitan pensar a largo plazo. Y resalta el interés que muestran las nuevas generaciones. “Hay una tendencia de los jóvenes a intentar que las cosas cambien, por eso creo que hay futuro. Pero es fundamental apuntar a la educación, ahí está la clave; los países que han tenido grandes problemas de contaminación, como Alemania, salieron de esa manera”, asegura Nora, quien con una simple pregunta final llama a la reflexión: “Si otros lo han logrado, ¿por qué no lo podríamos hacer nosotros?”.

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