Patricia Gavilán muestra orgullosa los dos récords Guinness logrados en 2011 y 2014 por la Fundación Garrahan. Los diplomas que cuelgan de la pared de su oficina acreditan el esfuerzo titánico por convertir las tapitas plásticas de las botellas en recursos financieros para ayudar al funcionamiento de Casa Garrahan, el hogar porteño para niños que viven a más de 100 kilómetros de Buenos Aires y deben seguir un tratamiento médico en el Hospital de Pediatría Juan P. Garrahan. “En 2014 recolectamos casi 500 toneladas de tapitas. Todo el espacio que ocupan estos galpones estaba repleto”, rememora la Coordinadora del Programa de Reciclado y Medio Ambiente de la Fundación Garrahan, mientras recorre junto a Journey las instalaciones que poseen sobre la avenida Amancio Alcorta, en el barrio de Parque Patricios.

Este año es especial para ella y sus colegas: se celebran 20 años del inicio de los programas de reciclaje solidario de la Fundación. Al principio, simplemente se recolectaba papel usado en oficinas y escuelas, pero en 2006 se puso el foco en las tapitas. Desde entonces, la Fundación logró reciclar 2.400 millones de unidades, lo que equivale a 6.000 toneladas de plástico. “Si pusiéramos una tapita al lado de la otra, podríamos cubrir 71.000 kilómetros; es decir, una vuelta y media al mundo, más otro desde La Quiaca a Ushuaia, todo junto. Esa es la solidaridad de la gente, que se transforma en amor”, destaca Patricia con orgullo.

El Programa de Reciclado y Medio Ambiente de la Fundación Garrahan se encarga de vender las  tapitas o el material ya procesado para que terceros elaboren distintos productos a partir del plástico reciclado. Con el dinero que se obtiene se cubre el 35% de los ingresos que necesita la Casa Garrahan para alojar y atender a los pacientes del hospital –y un familiar– que están en proceso de recuperación. Además, las tapitas fueron –y son– una poderosa herramienta educativa para que los más pequeños den sus primeros pasos en el mundo del reciclaje, la sustentabilidad y el medio ambiente. “No solamente es una forma para que la gente devuelva al Hospital Garrahan lo que recibe de él, sino que además las tapitas han sido herramientas de educación ambiental. Se entendió que esa tapita sirve para ayudar a los niños que están enfermos”, resume Patricia.

Solidario, ecológico y educativo

Muchas cosas cambiaron en las últimas dos décadas, pero no la fuerza, el empuje y la energía de la gente de la Fundación por sacar provecho de las tapitas de los envases. “¿Vos tirarías dinero a la basura? Seguramente no. Pues las tapitas son dinero”, sintetiza Patricia. Y cuenta que en los galpones se almacenan, clasifican, separan, trituran y muelen las tapitas para después ser vendidas como materia prima para fabricar distintos objetos a base de plástico inyectado. “Una vez trituradas, se las calienta a alta temperatura y se compactan para crear un delgado cable plástico, materia prima que se inyecta después en moldes para crear lo que sea necesario”, explica.

Baldes, palanganas, lámparas de diseño, triciclos o rastrillos para levantar las hojas de los jardines, son algunos ejemplos de cómo las tapitas vuelven a nacer con otra vida y un nuevo propósito.

Por último, Patricia destaca que el Programa de Reciclado y Medio Ambiente de la Fundación Garrahan da trabajo a 45 personas. Muchos de sus empleados eran cartoneros y recicladores urbanos que antes vivían en la informalidad: “Le damos dignidad y esperanza a muchas personas que antes no la tenían”, resalta. Y brega porque mucha gente siga colaborando con ellos. “Sólo basta con pensar antes de tirar”, concluye.

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