Los días comienzan temprano para Vanina Correa. A las siete de la mañana entra a trabajar a la Municipalidad de Villa Gobernador Gálvez, cerca de su casa en la ciudad de Rosario. Sale a las 13, lleva a sus mellizos de cinco años al jardín de infantes y de allí se va directo a entrenar. Luego los pasa a buscar, les prepara la merienda en su casa y regresa al club Rosario Central a seguir entrenando. La rutina de la arquera de la selección femenina de fútbol es intensa.

Pero para ella todo esfuerzo vale la pena a la hora de representar a la Argentina en el Mundial de fútbol femenino que se juega del 7 de junio al 7 de julio en Francia. La primera clasificación argentina en 12 años significa también la coronación de una larga lucha contra la falta de recursos y la desigualdad.

En el país de Lionel Messi y Diego Maradona, las mujeres siguen lejos de conseguir la popularidad de sus colegas varones. Pero, de a poco, la tendencia empieza a cambiar. Las jugadoras de la Selección escriben hoy una de las páginas más importantes del deporte local a fuerza de pasión, esfuerzo y un nuevo ejemplo de empoderamiento femenino.

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La rutina de la arquera Vanina Correa es intensa: trabaja por la mañana, lleva a sus mellizos al jardín y comienza su rigurosa rutina de entrenamiento. 

“Empecé a jugar al fútbol a los 4 años con varones y así fue toda mi infancia. Jamás me discriminaron; al contrario, me iban a buscar a casa para ir a la plaza y armar el partidito”, recuerda Vanina ante Journey. Pero aclara que las cosas cambiaron cuando quiso empezar a jugar en serio. “La mayoría de nosotras sintió discriminación. Nos decían que el fútbol era para hombres”, añade esta deportista que hoy, con 35 años, está cumpliendo uno de sus mayores sueños: jugar una Copa del Mundo.

La historia de la otra arquera de la selección es un caso especial: Gabriela Garton pudo combinar sus dos trabajos, que a su vez son sus dos pasiones. Además de jugar al fútbol, Gabriela es socióloga y becaria doctoral del Conicet. Su tesis fue una etnografía del equipo de fútbol femenino del Club UAI Urquiza, que en estos días se publica en formato de libro con un título que explica mucho de lo que enfrentaron y enfrentan las chicas que juegan a la pelota: “Guerreras. Fútbol, mujeres y poder”.

Hija de padre norteamericano y madre argentina, Gabriela nació en Estados Unidos, donde vivió hasta los 22 años. “Empecé a jugar al fútbol a los 8 años. A diferencia de mis compañeras, a mí me fue más fácil porque allá hay equipos femeninos en todas las categorías”, explica. Y cuenta que cuando terminó sus estudios universitarios decidió venir al país para jugar en River Plate, una experiencia que le generó un profundo impacto porque descubrió la falta de conocimiento general sobre el fútbol femenino que había acá. En Estados Unidos el fútbol femenino tiene mayor desarrollo que el masculino y su selección es la actual campeona mundial. Sus jugadoras cuentan incluso con cláusulas especiales que las apoyan durante la maternidad, algo aún inexistente en la Argentina. 

Gabriela está casada y vive en la provincia de San Luis. Allí entrena y juega en el club Sol de Mayo, donde presta especial atención a su preparación física. “La hidratación es central para un deportista. El no estar bien hidratado puede afectar no sólo tu rendimiento físico, sino también hasta la capacidad de pensar”, advierte la arquera de 29 años.

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Además de arquera Gabriela Garton es socióloga. “El no estar bien hidratado puede afectar no sólo tu rendimiento físico, sino también hasta la capacidad de pensar”, advierte.


Nuevas reglas de juego

La profesionalización del fútbol femenino llegó hace pocos meses a la Argentina, luego de años de reclamos. La cara más visible de la lucha fue la de la jugadora Macarena Sánchez, que encabezó una gran campaña tras haber sido despedida de su club a mitad de temporada.

De todas maneras, las mujeres futbolistas siguen enfrentando enormes desigualdades respecto a los jugadores varones, porque aun perteneciendo a la élite del fútbol local están obligadas a tener otros trabajos para sostenerse económicamente. Muchas, incluso, ponen dinero de su bolsillo para poder jugar.

Los cambios sociales suelen ser lentos, pero llegan. Qué mejor ejemplo que el de las mujeres, las grandes protagonistas de esta segunda década del siglo XXI. Antes de reunirse con el resto del equipo en su último entrenamiento con público previo al Mundial, Gabriela se hace un momento para regalarle uno de sus guantes a una admiradora: “Nunca dejes de soñar en grande”, firma.

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