Las grandes ciudades buscan sumar espacios verdes, que muchas veces se convierten en verdaderos oasis urbanos entre tanto cemento. En algunos casos, sus características exceden a las de un refugio contra el estrés urbano: es el caso del Parque Natural Lago Lugano, una reserva de flora y fauna protegida situada al sur de Buenos Aires que, además, posee un innovador sistema que aprovecha la capacidad de algunas plantas para degradar compuestos contaminantes (fitorremediación), con balsas que contienen especies nativas que oxigenan el agua del arroyo Cildáñez y ayudan a recuperar su vida acuática.

“La idea es recuperar y revitalizar lo que alguna vez fue la flora y la fauna que tuvimos en esta zona de Buenos Aires, antes de que la ciudad le empezara a ganar espacio. El objetivo es potenciar la educación ambiental, difundir el patrimonio natural y que sea un espacio para la investigación vinculada al medio ambiente”, explica a Journey Laura Urgu, Asesora Técnica de la Subgerencia Operativa de Restauración Ecológica de la Agencia de Protección Ambiental del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

Las balsas poseen una estructura bastante simple a base de PVC envuelto en una malla de media sombra y malla de gallinero plástica. Allí embarcadas navegan plantas como el canutillo, la hierba de mosquito, los camalotes, la sagitaria y los juncos, que cumplen una función “sanadora”. Es una forma artificial de reproducir la flora autóctona y, a la vez, un sistema de oxigenación natural para el agua.

El invierno fue duro, con muchas lluvias, y buena parte de las balsas biorremediadoras artificiales se perdieron. “Muchas fueron a parar al Riachuelo y las que se quedaron en el arroyo deben empezar a florecer ahora. En primavera y verano es cuando más florecen y actúan de manera más efectiva”, amplía Laura.  El objetivo es que a fines de 2018, unas 300 balsas estén flotando en el Cildáñez para ayudar a recuperar la vegetación de la ribera, lograr la consolidación de suelos, la estabilización de metales pesados e incrementar la biodiversidad.

Como complemento de las balsas y a modo de plan piloto, hace un año se instalaron al costado del arroyo Cildáñez cinco filtros naturales de agua a base de humedales, que también buscan ayudar a la depuración del agua que circula por este arroyo que atraviesa una zona de la Ciudad. “Por el Cildáñez salen al Riachuelo muchos desechos orgánicos que provienen del barrio de Mataderos, donde funciona el Mercado de Hacienda. Es un arroyo entubado y cubierto, pero posee 800 metros a cielo abierto y es en esa zona donde estamos actuando con los humedales y las balsas flotantes para oxigenar el agua”, detalla Laura.

Desde la Agencia de Protección Ambiental porteña aseguran que ya obtuvieron buenos resultados: se duplicó la oxigenación del agua tratada, aumentó un 33% su transparencia y disminuyeron 10 veces las bacterias en el lugar. Es por eso que ya piensan en ampliar el uso de más balsas biorremediadoras y oxigenadoras de agua a otros sectores del arroyo.

Un parque natural

“En esta zona por donde pasa el arroyo Cildáñez antes había una estación de bombeo de agua que regulaba y evitaba las inundaciones. Al dejar de trabajar, y tras un tiempo en desuso, se decidió crear un lago artificial que empezó a funcionar el año pasado con el objetivo de que sirva de refugio para las aves que atraviesan la zona”, explica Agustina Collazo, activista de la ONG Aves Argentinas y guía del Parque Natural Lugano.

La ONG es miembro de BirdLife International y se encarga de realizar visitas guiadas para escuelas, clubes, centro de jubilados, universidades y vecinos interesados en descubrir este gran espacio verde. Al pie del lago se pueden avistar diversos tipos de aves que sobrevuelan el lugar y, desde su mirador techado, se pueden observar con binoculares y con paciencia cómo se refrescan, alimentan y chapotean, por ejemplo, golondrinas y macás, unas aves acuáticas similares a los patos.

Todos los jueves, el Parque Natural Lugano recibe la visita de entre 15 y 20 voluntarios que se encargan de diversas tareas de mantenimiento y adecuación de los espacios naturales. Con pecheras blancas, limpian un área de cañas, ya que se trata de una especie de flora muy invasiva. Hugo Luque, uno de los voluntarios, es claro: “Tenemos que ser conscientes del legado que vamos a dejar a nuestros hijos, todos podemos aportar nuestro granito de arena para cuidar el medio ambiente”.

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