La emoción de los niños cuando comenzaron a brotar las primeras hojas de lo que habían sembrado fue inmensa. Ni hablar cuando pudieron cosechar las acelgas y las lechugas para llevarlas a sus hogares o venderlas a la comunidad. Las docentes de la escuela Cristo Obrero, ubicada en una de las zonas más humildes de la ciudad de Santa Fe, recuerdan ante Journey aquellos días en los que un pequeño proyecto pedagógico se transformó en un verdadero motor de cambio.

Valeria Torres, la maestra a cargo del proyecto de la huerta agroecológica, explica el porqué de tanta emoción: contaban con un solo grifo para obtener el agua para el riego y estaba lejos de la quinta, al otro lado del patio escolar. “Los chicos la traían en botellitas. Al ser tan árida la tierra, se necesitaba mucha agua, así que no fue fácil. Era agotador y muy demandante”, describe Valeria, que recibió el 2019 con buenas noticias: la escuela forma parte de uno de los proyectos ganadores de la última edición del Concurso de Agua, que desde hace 12 años organizan Fundación Vida Silvestre y Coca-Cola de Argentina. Gracias al premio, la escuela contará con un sistema de recolección de agua de lluvia que permitirá regar la huerta sin complicaciones.

A partir de esta obra, una lluvia de 30 milímetros permitirá recolectar unos 1.500 litros de agua de los techos de la escuela, que serán derivados por canaletas y caños a un tanque de almacenamiento. Pronto, los niños podrán acceder a agua segura a pocos metros de la huerta y en cantidades suficientes como para que ésta rinda al máximo.

El proyecto de aprovisionamiento de agua para la huerta fue presentado por la Fundación EPyCA e incluye también la instalación de una toma de agua del río Colastiné y de una planta potabilizadora. En la actualidad, los vecinos no cuentan con red de agua segura y dependen de un camión cisterna que los visita tres veces por semana.

Efecto multiplicador

La huerta de la escuela Cristo Obrero, a la que asisten niños de los barrios de Villa del Parque, Barranquita y Villa Oculta, vendió las primeras verduras cosechadas a las familias de la comunidad a precios muy económicos. También se destinaron a la producción de mermeladas, productos de higiene y perfumes, y en el verano abasteció con calabazas y choclos al comedor escolar. “Desde el inicio el proyecto tuvo como fin incorporar los vegetales en la nutrición de los chicos”, subraya Celina Veloteri, miembro de EPyCA.

“Para los chicos es una novedad que con tan poco sea posible ayudar a ‘llenar la olla’. Nunca nadie había venido a enseñarles que se puede sacar provecho de la tierra, el aire y el sol”, resalta Beatriz Pared, abuela de uno de los alumnos. Y agrega: “Ahora tienen otra esperanza y se entusiasman mucho porque descubrieron que hay una manera de conseguir alimentos sin ir al supermercado”.

Además, la iniciativa tuvo como efecto inmediato la proliferación de pequeñas huertas en las viviendas de la zona: los niños se llevaron semillas y las sembraron en sus casas. Hoy el proyecto de la huerta agroecológica fue mucho más allá de un plan pedagógico y comenzó a tomar una dimensión nutricional y social que excede las paredes de la escuela. Con la posibilidad de acceder a agua de manera más directa y simple ya no tendrá límites para expandirse.

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