Cada vez que Malcolm Rendle salía a correr por la costa del Río de la Plata lo atormentaba la cantidad de residuos plásticos que veía en la orilla. Esa preocupación fue el puntapié inicial y el motor de un proyecto que hoy logra combinar el respeto por el medio ambiente con los negocios: reciclar PET recuperado del río para convertirlos en anteojos.

“La conciencia ambiental es el corazón de la marca. Nuestros clientes saben que están comprando un producto hecho 100% con plástico reciclado”, afirma a Journey Malcolm, durante una de las jornadas de recolección de plásticos en las costas del municipio bonaerense de Vicente López, que realiza junto a varios voluntarios.

A través de las redes sociales de su marca Bond Eyewear, Malcom invita cada 20 días a clientes y seguidores a sumarse a las jornadas de limpieza de las costas. En los últimos encuentros recolectaron más de 80 kilogramos de plásticos, el equivalente a tres bolsones gigantes de materiales de construcción.

Journey participó de una de las acciones durante la mañana de un domingo otoñal. Luego de unos mates bajo un sol tibio junto al río, los jóvenes voluntarios que se sumaron a la iniciativa se calzan guantes, toman una bolsa grande y salen a rastrillar la costa en búsqueda de plásticos. Varias personas que se encontraban paseando por el parque ven al pequeño ejército de recolectores y deciden sumarse espontáneamente a la acción. En cuestión de minutos, los depósitos comienzan a llenarse: desde botellas, un maletín, una silla de jardín y ojotas hasta la carcasa de un antiguo televisor.

“Es la primera vez que vengo. Me enteré por Instagram y decidí sumarme porque pienso mucho en el futuro y en el planeta que les vamos a dejar a nuestros hijos y nietos. Es la forma de aportar mi granito de arena”, asegura María Sol Fernández. Durante sus vacaciones, María Sol dedica parte de sus días a limpiar de basura las playas y es una consumidora responsable a la hora de ir al supermercado. “Separo los residuos, elijo botellas reutilizables y evito los productos con demasiado empaque”, explica a Journey.

La cantidad de material que recolectan supera la demanda real de Malcolm para fabricar sus anteojos; igual él insiste en que lo más importante es limpiar la costa. Envía los desechos a una empresa de reciclado, que los clasifica, lava y procesa para luego entregarle a Bond el plástico PET reciclado en pellets, pequeñas hojuelas que serán usadas para la confección de las gafas. El resto del plástico recolectado se destina a las empresas que lo necesitan para otros usos.

“El proyecto surgió hace dos años con la premisa de tratar de generar conciencia sobre la problemática de la contaminación y el medio ambiente. Y qué mejor que hacerlo con anteojos para que la gente pueda abrir los ojos y ver todo lo que está sucediendo”, destaca Malcolm.

Circuito verde

Licenciado en Administración de empresas, Malcom mostró desde siempre su veta emprendedora: recuerda que empezó a fabricar los anteojos con una impresora 3D. Trituraba las botellas, las convertía en un filamento y con eso realizaba la impresión. Luego se sumaba el proceso artesanal de la colocación de los cristales, el embutido de las bisagras y las patillas.

“Hicimos una prueba de mercado, vimos que a la gente le gustaba este tipo de producto, más que nada porque estaba hecho con un residuo que estaba en el río. Nos fue muy bien al principio, pero no teníamos una buena capacidad de respuesta porque el tiempo de la impresión 3D es bastante lento”, apunta. Decidió, entonces, dar un paso más: sumó inversores y apostó por la industrialización del proceso al comprar máquinas para fabricar los marcos mediante inyección.

El crecimiento exponencial de la producción no le hace perder el norte a Malcolm, que está convencido de apostar por un modelo de negocio basado en economía circular. “Con una botella de PET de un litro y medio fabricamos un par de anteojos. Pero si el día de mañana guardás los anteojos en un cajón y no los usás más, vuelven a ser un residuo. Entonces, para cortar eso y seguir con el concepto de la marca les decimos a nuestros clientes que cuando quieran cambiar sus gafas las traigan de regreso, así las reciclamos y ellos obtienen un 30% de descuento en su próxima compra”, resalta.

El aumento de las ventas online y la inminente apertura de un comercio propio a la calle demuestran que la sustentabilidad no sólo implica cuidar el ambiente; puede ser también un buen negocio.