En diálogo con Journey, el Director de Reciclar S.A., Sergio Martín, analizó el presente de la cadena de reconversión del PET a materia prima, y ofreció su punto de vista basado en los pequeños detalles que, de aplicarse, podrían mejorar el proceso y hacerlo más sustentable.

En la actualidad prácticamente no hay discusión sobre la importancia de impulsar un modelo de economía circular que respete al medio ambiente a través de prácticas sustentables y que, además, genere nuevas oportunidades laborales. En ese esquema, el plástico juega un papel esencial por su enorme capacidad para ser reconvertido en materia prima: existen siete tipos diferentes de plásticos y aunque no todos se reciclan de la misma manera, la inmensa mayoría puede usarse una y otra vez.

Reciclar S.A. es una compañía con más de 50 años de historia, pionera en nuestro país en materia de reciclaje. En su planta de la localidad bonaerense de Sarandí se reconvierten unas 2.000 toneladas de plástico mensuales, algo así como 50 millones de botellas, el 95% de ellas provenientes de residuos posconsumo; es decir, materiales que de otro modo irían a parar a un basural. Si bien la planta recicla diversas variedades de plástico, una de las especialidades de la casa es el tereftalato de polietileno (o PET), muy utilizado en botellas de bebidas y empaques de alimentos.

“El objetivo en cada eslabón de la industria siempre es que podamos sumar el mayor valor agregado a los materiales que recibimos”, explica en diálogo con Journey Sergio Martín, director de Reciclar S.A., quien cuenta que allí reciben PET de todos los colores, pero que el protagonista es el transparente (o “cristal”, como se lo conoce en el ambiente del reciclaje). “El primer dato que revisamos cada mañana cuando entramos a la fábrica es cuántos kilos de PET pudimos comprar ese día e inmediatamente después, cuántos de ellos son de cristal”, revela. ¿Los motivos sobre esta preferencia? Al no estar pigmentado, las posibilidades del PET transparente son infinitas, ya que se transforma en un lienzo en blanco que permite fabricar sin condicionamientos lo que sea (desde nuevos envases hasta anteojos y fibras textiles). Y eso, claro, repercute en su precio: es un 30% más elevado que, por ejemplo, el PET verde.

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Sergio Martín dirige Reclicar S.A., cuya planta reconvierte a materia prima unas 2.000 toneladas de plástico mensuales.


“El proceso de reconversión a materia prima es el mismo para todos los casos, no hay diferencias”, aclara Sergio. Y enfatiza: “A nivel técnico, el PET de colores no tiene ninguna característica diferencial, pero presenta una dificultad a nivel comercial, partiendo de la base de que tiene menos compradores”. Con todo, en Reciclar S.A. decidieron aprovechar el material verde para montar su propia línea de producción de sunchos, las cintas plásticas que se utilizan para el amarre de objetos o embalaje de paquetes.

Tareas diferenciadas

Sergio cuenta que aproximadamente el 70% del PET que reciben en la planta es transparente, un 20% verde y el 10% restante de otros colores. “Para la molienda tenemos líneas de producción diferenciadas según el color del plástico. En general así es también como recibimos los fardos. Por eso, si nuestros vendedores comienzan a juntar botellas verdes, tienen que terminar la pila con botellas verdes para que podamos procesarlas… y eso lleva mucho más tiempo que hacer una pila de PET cristal”, grafica el hombre con más de 35 años de experiencia en el tema.

“Para nosotros, un mundo ideal sería uno en el cual solamente circularan envases de PET cristal”, sentencia, y se ilusiona con algunos de los pasos que se podrían ahorrar en ese escenario: “Hoy necesitamos espacio físico para hacer todo por partida doble o triple, por esa necesidad de tratar a cada una de las variedades por caminos separados. Y ni hablar de las demoras cuando llegan los camiones y hacen la descarga del material. Cuanto menos tengamos que segregar, mejor”, concluye Sergio, que resalta que eso tendría un impacto positivo en todos los eslabones de la cadena: desde la persona que se agacha a recoger las botellas, cuyo esfuerzo sería mejor recompensado, hasta dentro de las plantas de procesamiento, donde los procesos se agilizarían y, en consecuencia, se lograría un mayor beneficio para el medio ambiente. Lo que se dice, un verdadero modelo circular.

 

Si querés saber más sobre la situación del reciclaje en la Argerntina, leé esta nota