Hace seis años, en la zona sudeste del barrio Norte Grande de la provincia de Salta, Fabiana Mamani y su mamá abrieron un local “chiquitito” –como lo describe la propia Fabiana– en el garaje de su casa. “Había tres estantes con productos y nada más; no teníamos ni cortadora de fiambre, ni mostrador. Nada”, recuerda la almacenera, que asegura que el apoyo que recibió de Coca-Cola Argentina fue fundamental para hacer crecer su negocio: le entregaron una heladera para que pudiera ofrecer las bebidas frías y las cosas comenzaron a mejorar.

Pasaron los años, el almacén creció y el local pasó del garage al comedor de la casa: hoy cuenta con cortadora de fiambres, dos freezers y cuatro heladeras en las que las botellas retornables tienen un lugar preferencial dada la alta demanda que existe entre los vecinos. “Lo que más sale es la Coca-Cola retornable de vidrio”, cuenta Fabiana. Y agrega: “Cuando se lanzó la Sprite de vidrio también se empezó a vender mucho porque los clientes querían probarla”.

A medida que el consumo se volvió más  responsable para el cuidado del planeta, uno de los hábitos que se han recuperado es el de tener en casa botellas retornables de nuestras bebidas preferidas. Así, además de favorecer la economía del hogar, al cambiar en el almacén el envase vacío por uno lleno se evita la generación de desperdicios. En este sentido, los pequeños comercios de barrio como el de Fabiana, que representan el 90% de los clientes de Coca-Cola en el país, se convirtieron en aliados clave en la promoción de envases retornables. Un empaque a tono con los objetivos de la Compañía para alcanzar las metas de su programa global Un Mundo sin Residuos: lograr que el 100% de sus empaques sean reciclables para 2025, y recolectar y reciclar el equivalente al 100% de los envases que pone en el mercado para 2030.

Un camino circular

Cuando el camión de Coca-Cola deja bebidas en el almacén de Fabiana, también retira los envases vacíos que dejaron los clientes y los lleva a la planta embotelladora en donde se siguen rigurosos procesos de seguridad e higiene antes de volverlos a llenar. Si su calidad se mantiene intacta, un envase de PET puede ser rellenado hasta 15 veces, y uno de vidrio unas 35 veces.

Fabiana cuenta que los vecinos de su almacén suelen llegar con sus envases cerca del mediodía o antes de la cena, sobre todo los fines de semana: “Tengo un cliente que viene todas las noches a la misma hora con su botella de Coca-Cola de vidrio”.

Como gran parte de los kioscos y almacenes del país, este local está liderado por dos mujeres: la mamá de Fabiana se encarga de los números y los proveedores, mientras la hija  atiende al público. Al estar en el mostrador, es Fabiana quien lleva el registro de los intercambios de envases e incentiva a sus clientes a elegir los retornables: sabe que así los ayuda a cuidar su bolsillo y, además, a colaborar con el cuidado del ambiente. “Me gusta atender a las personas, que se sientan bien y se vayan satisfechas con las compras así nos vuelven a elegir”, dice con una sonrisa.

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