Guillermo Estiz recuerda con alegría los 25 años que vivió en España. Residió ocho en Barcelona y el resto del tiempo en Madrid. En ese país no sólo crecieron sus hijos, sino que además se amplió su colección de botellas sin abrir de Coca-Cola. Su tesoro cruzó dos veces el Atlántico en barco: ida y vuelta entre Europa y América del Sur.

Como buen anticuario, Guillermo ama los objetos con historia. Y recuerda que su colección comenzó durante un viaje por Israel cuando tenía 19 años: “En aquella época fue sorprendente y raro para mí ver una botella de Coca-Cola de cristal que no estuviese escrita en inglés o en español. Me llamó mucho la atención y me la traje a Buenos Aires de recuerdo”, relata a Journey en su departamento de Caballito.

Ese fue el disparador de una pasión que todavía mantiene intacta y que lo lleva a atesorar las más de 1.000 botellas que posee de la marca en un local de su propiedad, aunque las más queridas las tiene expuestas en una vitrina de su casa. Allí, entre otras, se puede ver –protegida por un alambre– una botella marroquí que el ya fallecido rey Hasán II de Marruecos mandó a hacer especialmente para una fiesta.

“No hay una sola forma de coleccionar, cada uno arma y alimenta su colección como quiere. Eso es lo bueno y lo que nos une a los que juntamos objetos de Coca-Cola. En mi caso, busco botellas sin abrir”, señala Guillermo, mientras sostiene otra de las piezas que más aprecia: una de 1930 a la que le falta un tercio de su contenido debido a que se evaporó. Guillermo cuenta que la compró en 1987 durante un viaje por el estado norteamericano de Maine, fronterizo con Canadá. Dentro de un lote de cerca de 40 botellas que vendía un señor ya mayor estaba esta “joya” que, según este anticuario con buen ojo para las oportunidades, estaba camuflada entre las demás. “En todas las exposiciones a las que asisto me la quieren comprar, pero no tiene precio; es única y ya no la muestro más fuera de casa por miedo a que se me rompa en un traslado”, enfatiza Guillermo.

Eso fue lo que le pasó con una botella francesa bastante rara de su colección: se le quebró cuando la estaba descargando del baúl de su auto para exponerla en uno de los encuentros de coleccionistas. Sin embargo, Guillermo se reconoce como una persona con suerte; al menos en lo que se refiere a los traslados: su colección atravesó sin percances el océano Atlántico desde Argentina hacia España, en un viaje que se prolongó dos meses hasta Barcelona, su primer destino. “Sufrí mucho durante ese tiempo esperando no sólo que llegaran los contenedores de la mudanza sino también las cajas con las botellas. Tenía miedo de que se me rompiera alguna de las más especiales. Por suerte no pasó nada”, señala. Y resalta que haber embalado meticulosamente cada una de las botellas fue la clave para no tener que lamentar ningún daño. Ocho años después, la colección viajó de Barcelona a Madrid y luego de vuelta en barco en un contenedor con destino a Buenos Aires.

Motor de integración

“Mi adaptación social en España fue muy rápida gracias a mi pasión por las botellas de Coca-Cola. Me integré en el mundo de los coleccionistas de objetos de la marca, la gran mayoría de ellos españoles, y eso me ayudó a conocer gente”, reconoce Guillermo. Fue en ese país donde consiguió dos de las botellas a las que les tiene especial cariño. En ambos casos fueron un regalo de Coca-Cola de España por su amor hacia la marca: una tiene la foto de sus hijos impresa al lado de la marca; la otra posee el escudo de Atlanta, el equipo de fútbol de sus amores. “En Argentina sólo hay botellas de Coca-Cola de Independiente, de Vélez y de Racing, y nada más que una de Atlanta: la mía. Esta tampoco tiene precio”, asegura sin soltar el envase.

Guillermo es uno de los 160 socios de la Asociación Argentina Coca-Cola Collectors, un club de fanáticos por los objetos vinculados a la marca. Desde su fundación, en 2012, el grupo organiza anualmente una convención internacional de coleccionistas que cuenta con el apoyo de Coca-Cola de Argentina. Este año la cita será el 29 de septiembre en La Rural de Buenos Aires, reunión a la que se espera asistan coleccionistas de Latinoamérica, de Europa y hasta de Asia. “El año pasado la visitaron unas 12.000 personas; estamos seguros de que este vamos a superar esa cifra”, desafía Guillermo orgulloso.

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