Julio Roldán respeta su rutina incluso los días feriados: abre la puerta de su consultorio y saluda afectuosamente a sus “pacientes”. Desde hace 50 años, el “Doctor Roldán”, como le dicen afectuosamente sus conocidos, atiende con amor su Clínica de Muñecas en el barrio de Balvanera. Se trata de un espacio mágico y anclado en el tiempo, donde este cordobés de 70 años, con manos de artesano y pasión por su oficio, repara y rejuvenece viejas muñecas. Una tarea que devuelve felicidad a sus dueños recuperando juguetes que, de otro modo, terminarían en la basura.

“Debe haber unas 400 más o menos”, asegura Julio cuando recibe a Journey, mientras levanta la vista y señala a su alrededor. Y cuenta que tenía 15 años cuando dejó su Córdoba natal para instalarse junto a su tío en Buenos Aires. “No estaba acostumbrado a la vida de la gran ciudad. Hasta ese entonces había vivido en una casa de adobe y techo de paja junto a mis padres y mis 11 hermanos, compartiendo cama de a tres”, rememora. Pero un día, poco tiempo después de haber llegado, una vecina porteña que le vio cualidades le preguntó si podría repararle una muñeca. “Y así empezó esta magia que llega hasta hoy en día”, relata Julio con emoción.

Lo que empezó como afición se profesionalizó de la mano del maestro Betancourt, a quien, asegura, le debe su oficio y su pasión. “Betancourt fue un grande y él me enseñó todo lo que sé. Me repetía que este era un buen oficio, ya que siempre va a haber niños y niñas”, explica el hombre que, entre los miles de accesorios (brazos, piernas, cabezas, ojos, dientes) que invaden esta peculiar clínica porteña, tiene una muñeca que es su preferida: fabricada en 1904 en Austria, está armada con diversos materiales. La cabeza y los dientes son de porcelana; las manos son de madera; las piernas, de aserrín compactado y los ojos, de vidrio.

El público del Doctor Roldán se fue ampliando con el tiempo: niñas y niños, coleccionistas y, cada vez más, bisabuelas, abuelas y madres. “Vienen muchas abuelas que quieren, por ejemplo, que sus nietas jueguen con las muñecas que usaron sus hijas. En esas muñecas hay un gran valor afectivo; afectos que puedo recuperar”, sintetiza Julio con orgullo.

Nada se tira

Al Doctor Roldán no le gustan las prisas y les dedica todo el tiempo que sea necesario a sus pacientes y clientes. “Muchas veces terminamos abrazados y llorando por la intensidad de las emociones que se viven en este espacio y por lo que representan las muñecas para las familias”, resalta.

Quedan pocos artesanos como Julio en la Argentina. “Ahora todo se tira cuando no funciona; antes no era así”, alerta el especialista en devolver miradas vidriosas y sanar brazos o piernas de plástico dañados. Por eso, su filosofía encuadra a la perfección con la nueva era en la que el reciclaje y reaprovechamiento de los materiales empiezan a estar en el centro de la escena: no tira nada que pueda ser usado para darle nueva vida a otras muñecas. Repara para volver a utilizar. Y disfrutar.

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