Se suele afirmar que la identidad no es algo con lo que se nace sino que se construye, y hay pocos casos tan claros como el de “Coco” para demostrarlo: Ricardo Niz encontró su razón de ser cuando logró darle vida a El Correcamino, una cooperativa de recolección de material reciclable que no para de crecer y hoy es el sustento de 43 familias. Antes de emprender esta aventura, Coco no sabía ni cómo se llamaba.

“Es que no tengo ni partida de nacimiento”, explica a Journey este oriundo de Colonia Silva, Entre Ríos, que tampoco tiene certezas acerca de cuándo llegó a este mundo. “Nunca conocí a mis padres ni a mi familia; vivía en una escuela donde me conocían como ‘El Lobizón’. Mi nombre oficial lo obtuve recién cuando me instalé en Buenos Aires y lo eligió un militar que me llevó a hacerme el documento para que pudiera jugar al fútbol en su equipo, porque yo era muy bueno con la pelota. Me anotaron como clase 1956 pero no sé por qué, supongo que habrán hecho algún cálculo sobre mi edad”, conjetura. Y agrega: “Recién ahí nació Ricardo Omar Niz, aunque con el tiempo me convertí en ‘Coco, el ciruja de la calle’”, cuenta y sonríe.

Para Coco, los nombres —o la ausencia de ellos— son como mojones en una línea de tiempo que, de otra manera, le sería borrosa. La génesis de El Correcamino la sitúa en 2001: ya habían nacido cinco de sus 12 hijos y para enfrentar las necesidades extremas que padecían comenzó a revolver en la basura en busca de comida. “El proyecto comienza con mi familia. Yo era un cartonero que vivía debajo de un puente y no sabía leer ni escribir, ¿a quién iba a convocar para semejante desafío?”, pregunta.

Carismático y extrovertido, Coco no tuvo problemas en ir a fondo y salir a golpear puertas para revertir ese horizonte sombrío: empezó a capacitarse y aprovechó para contar su historia donde la escucharan. De a poco cosechó algunas donaciones y firmó convenios que, sumados a los buenos resultados de su trabajo, le permitieron ganarse un lugar en la cadena de la economía circular. “A nosotros nos va a bien con el boca a boca. Así nacimos y así nos vamos dando a conocer”, señala. Y cuenta con orgullo que su hija Micaela estudia Administración de Empresas y es quien se encarga de las cuentas de la cooperativa.


En su flamante espacio de Barracas —antes estaban en Villa Crespo— la cooperativa recibe plástico, aluminio, vidrio, papel y cartón por un total que hoy supera las dos toneladas diarias. El material lo retiran ellos mismos de las casas de los vecinos o de empresas y organismos públicos, y luego lo clasifican, compactan y venden. Coco se resiste a ser considerado como líder porque, asegura, eso le quitaría horizontalidad al proyecto. “Acá somos todos dueños, pero eso no significa que estemos libres de responsabilidades: entramos todos a las siete de la mañana, descansamos a la misma hora y conocemos la rutina de nuestra tarea a la perfección”, aclara, riguroso.

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La cooperativa fundada por Coco hoy da sustento a 43 familias. 

Consciente del potencial de lo que realizan, Coco se entusiasma con la idea de organizar talleres de capacitación para crear nuevas redes de producción con una mirada puesta en la ecología: “La cooperación mutua nos va a salvar la vida. El de la basura es un problema grave a nivel mundial, entonces también es una tremenda oportunidad”, reflexiona. “El trabajo para mí es el antibiótico que me sacó todas las impurezas que podía tener. Pase lo que pase de acá en más, mi mayor satisfacción es que estoy dejando una huella sin piedras en un camino que otros van a poder continuar”, concluye emocionado, mientras mira a su alrededor y sueña con poner una cancha de fútbol 5 para alquilar a cambio de material reciclable. Y se permite tomar distancia para sentirse protagonista de una película cuyo final es lo menos importante.

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