Valentina Miller se pasa la mañana yendo y viniendo al compás de un numeroso grupo de terneros. Sumamente concentrada, la veterinaria se mezcla entre ellos como si fuera invisible: camina, los estudia de cerca y luego se aleja, aunque sin quitarles nunca los ojos de encima. Se siente a gusto rodeada de animales, y más todavía si es en el campo familiar, su lugar en el mundo, ubicado en el corazón de Entre Ríos, a 80 kilómetros de su Villaguay natal. El mismo que perteneció a su abuelo, luego a su padre y sus tíos y que en un futuro no muy lejano será liderado por ella.

“Mi mamá siempre cuenta que cuando yo era chiquita le decía que iba a ser doctora de vacas”, recuerda. Esa vocación nació en este mismo campo, a donde viene desde que tiene memoria, primero para jugar junto a su hermano y ahora para trabajar. “No me gusta estar encerrada, así que valoro mucho tener la posibilidad de ganarme la vida en un lugar como éste. Sobre todo por la retribución de los animales: son muy expresivos, y si aprendés a interactuar con ellos y conocés su comportamiento es muy gratificante”, asegura.

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En 2019 la veterinaria realizó el Posgrado de Agronegocios y Alimentos que organiza en Entre Ríos la Facultad de Agronomía de la UBA  con apoyo de Coca-Cola Argentina.

Determinada a construir su futuro, al terminar el colegio Valentina se fue a estudiar a Esperanza, en la provincia de Santa Fe, donde la formación veterinaria apunta a grandes animales y al trabajo agropecuario. Y si bien en las aulas o en las prácticas nunca sintió que ser mujer fuera un problema, las cosas se le pusieron más difíciles cuando se recibió y salió al mercado laboral. “Me costó afianzarme; tuve que demostrar que era capaz de estar a la misma altura que los hombres”, reconoce. “Es un sector muy machista, se nos considera para otros trabajos, quizás más delicados, donde no haya que poner tanto el cuerpo”, agrega e, inevitablemente, se le vienen a la memoria las advertencias acerca de que se le arruinarían  las uñas o se le ensuciaría el pelo.

“Son mitos y, como tales, debemos derribarlos”, aclara rápidamente, casi relativizando el poder de esos prejuicios. “Es hasta que la gente te conoce, ve cómo trabajás y que no estás poniendo en peligro tu integridad física. Es más, a veces incluso descubren que somos más prolijas para algunas cosas y nos terminan eligiendo por encima de nuestros colegas hombres”, revela.

Aunque también trabaja para otros emprendedores, Valentina pasa una parte importante de sus imprevisibles jornadas laborales aquí, en el campo familiar, atendiendo la salud de las 1.000 cabezas de ganado que viven en igual cantidad de hectáreas. De hecho, el objetivo a futuro es dedicarse exclusivamente a este proyecto. Pero eso será cuando su padre se retire de la actividad y sea ella quien tome las riendas del negocio: “Hasta que llegue ese momento, mi idea es ir a su lado y aprender de su experiencia. Por eso lo acompaño desde muy joven, para hacerme cargo de todas las tareas con naturalidad”, explica.

Prepararse para el futuro

Ese horizonte es una de las razones por las que, en 2019 y gracias a una beca de Coca-Cola Argentina, Valentina cursó el posgrado de Agronegocios y Alimentos que realizó la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires (FAUBA) en Chajarí. En el marco de 5by20, el programa global de la Compañía para impulsar el desarrollo económico femenino, la filial local ya becó a 25 mujeres. “Me sirvió para lo que me imaginaba y un poco más también. En mi profesión muchas veces nos centramos en la medicina y nos perdemos un poco del contexto, las partes financieras o de los negocios. La experiencia de este posgrado fue sumamente enriquecedora porque me sacó de la burbuja”, describe la veterinaria, que nunca dejó la vida académica.

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Aunque en la actualidad visita “pacientes” de otros campos, la idea es que Valentina se haga cargo del emprendimiento familiar una vez que su padre se retire de la actividad.

Continuar el legado familiar es para ella un orgullo y una responsabilidad, como puede constatar Journey durante la entrevista: además de la administración del campo, Valentina también siguió los pasos paternos en la Sociedad Rural de Villaguay, a la que le dedica mucho de su tiempo libre. “El mandato es una carga enorme para los hijos que no se sienten vinculados a la actividad de sus padres o abuelos. Pero en mi caso no es así: tengo la suerte de disfrutar de lo mismo que ellos, y me interesa continuarlo”, enfatiza.

Valentina es una apasionada de lo que hace y está convencida de que ese es el mejor camino a seguir. Por eso aconseja a todos, pero muy especialmente a las mujeres, no pensar en el qué dirán y seguir adelante con las propias convicciones. “Una siempre debe tratar de cumplir sus sueños; es importante poner voluntad y perseverancia para lograrlos. A nosotras nos puede costar un poquito más, pero de este modo la recompensa es mayor, porque le aporta un valor adicional a lo conseguido”, alienta Valentina, que sabe muy bien de lo que habla. 

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