Se suele decir que hace falta dedicación y mucha paciencia para conseguir los objetivos más grandes, aquellos que perduran en el tiempo y producen un cambio real. Y esa parece ser la fórmula de este equipo de mujeres que en Paso del Rey, en el partido bonaerense de Moreno, llevan adelante la Cooperativa Creciendo Juntos (COCREJU), un proyecto de fabricación de productos a partir de plástico reciclado. Son todas madres y abuelas de alumnos de la escuela del mismo nombre, un establecimiento público de gestión social que les proporciona mucho más que el espacio físico y convierte al proyecto en un generador de resultados a corto y a largo plazo.

Para ellas no sólo es una manera de obtener un ingreso económico para llevar a sus casas a partir de una iniciativa sustentable, sino que también se volvió una parte importante de la vida de los chicos, que visitan el taller como parte de su programa educativo y naturalizan el uso de materiales que, de otra manera, terminarían en la basura.

COCREJU nació en 2012 por impulso de la propia escuela y del Centro Experimental de la Producción (CEP), un laboratorio de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la UBA que desarrolla innovaciones sustentables y modelos de gestión participativa que apuntan a mejorar la calidad de vida de los sectores con menos recursos. El taller funciona dentro de la escuela, en un espacio con entrada independiente, amplio pero abarrotado: la puerta se abre y lo primero que impresiona es la cantidad de cajas con envoltorios vacíos de productos que suelen verse en las góndolas de los supermercados. Son la materia prima, que consiguen gracias al aporte de las familias del barrio. Con ellas fabrican una amplia variedad de productos como bolsos, carpetas y cartucheras, entre otros, que venden a través de la comunidad educativa, en ferias y en las redes sociales.

Como toda propuesta que rompe con lo establecido, lo que más les cuesta a estas pequeñas emprendedoras es que los potenciales clientes comprendan el valor de cada objeto. Pero no se frustran: este trabajo significó un cambio de mentalidad incluso para ellas. “Antes para mí esto era basura, no sabíamos nada sobre reciclaje ni imaginábamos su potencial. Y en estos años, a base de prueba y error, aprendimos a hacer muchas cosas”, asegura a Journey Sonia Martiarena, Presidenta de la Cooperativa.

Aunque cada una tenga su rol predilecto, todas están listas para ponerse a la orden de cualquier instancia de producción cuando los tiempos apremian y las tareas se vuelven extenuantes. “Una vez tuve que picar casi un kilo y medio de sachets de leche y envoltorios de galletitas. ¡Me llevó una semana!”, recuerda entre risas Mirta Núñez, mamá de ex alumnos y abuela de tres pequeños que hoy van a la misma escuela.

Oficio y dedicación

Todo comienza invariablemente con la limpieza de las materias primas; lo que más usan es el nylon grueso que envuelve colchones o electrodomésticos, que emplean como base para casi todos sus productos y que luego decoran con envoltorios de colores, cortados en pequeñas tiritas. Cada artículo es, entonces, artesanal y único, lo que les permite personalizarlo a gusto de los clientes. “Si bien tenemos un stock, en general trabajamos a pedido y tratamos de buscar el packaging que mejor funcione para cada caso en particular”, explica María Rosa López, que confiesa sentir su trabajo en el taller como una terapia para olvidarse por un rato de los problemas cotidianos.

Una vez elegido y preparado, el diseño se coloca en la prensa de calor para transformarlo en la placa de plástico que dará textura y consistencia al producto terminado. Al igual que el tiempo de exposición, la temperatura dependerá de los materiales y el peso, pero fácilmente puede superar los 150°C, por lo que una vez salida de esta máquina una pieza puede llegar a pasar más de 24 horas reposando para enfriarse hasta poder seguir con el proceso. A partir de ahí, los caminos se bifurcan: en algunos casos resta cortar la placa y poco más, como con los posavasos, mientras que en otros reciben los toques finales en la máquina de coser.

Hoy son diez las mujeres que llevan adelante esta cooperativa, y cada una intenta pasar cuatro horas diarias en el taller. Vilma de Mier resume el espíritu que rodea a este grupo de emprendedoras que apuesta a un cambio auténtico: “Tengo otros trabajos y para venir acá me tomo dos colectivos, pero sigo haciéndolo porque amo este lugar, amo a mis compañeras y me encanta saber que estamos ayudando al planeta”.

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