Las crónicas más estrictas destacaron que la 31ª Media Maratón de Buenos Aires fue una carrera histórica por los récords alcanzados, con el keniata Bedan Karoki batiendo la marca masculina, y la etíope Abadel Brihane haciendo lo propio en la categoría femenina. Pero lo cierto es que el valor de un encuentro como éste no sólo pasa por el podio, sino también por el factor de autosuperación que moviliza al resto, a los que forman esa marea inmensa de entusiastas que compiten mirando para adentro y no hacia los costados. Por eso, el domingo 25 de agosto no sólo corrieron la maratón más convocante de Latinoamérica unas 20.000 personas, sino también más de 20.000 historias.

Ese espíritu se respiró en las cercanías de la largada, en avenida Figueroa Alcorta y Blanco Encalada, desde bien temprano. A las 6 de la mañana, una hora y media antes del inicio de la prueba, el Paseo de las Américas ya estaba colmado de participantes que se reunían con sus compañeros de equipo, el grupo con el que cada semana preparan el siguiente objetivo. Por eso no fue extraño que los abrazos y las muestras de afecto abundaran durante todo el calentamiento previo; un poco para darse ánimo, pero sobre todo para celebrar que habían llegado hasta ahí.

“Estuve esperando este día desde el año pasado. No vengo a buscar una marca, pero me preparé a conciencia; en 2018 iba a participar y me lesioné así que esta es mi revancha. Por eso quiero pasarla bien”, contó a Journey Laura Pérez, runner de San Miguel que para cumplir con su objetivo eligió correr acompañada por dos amigas con experiencias dispares: mientras Gabriela Silguero iba por su séptima media maratón, para Daniela Macedo era su primera vez. “Lo importante es respetar los tiempos del cuerpo, la idea es llegar en estado óptimo para disfrutar el haber alcanzado la meta”, aseguró la amiga debutante, llena de expectativas.

Tras la largada, la prueba llevó a los participantes de recorrida por la Ciudad de Buenos Aires, pasando por emblemas como el Planetario, el Teatro Colón, el Obelisco y la Plaza de Mayo. Como parte de ese cuidado del que hablaba Daniela, en el trayecto se instalaron siete puestos de hidratación para que los competidores pudieran ser asistidos por el staff y los voluntarios, que les entregaron Powerade –hidratador oficial de la carrera– y Bonaqua, en botellas retornables y vasos de polipapel biodegradable.

Cuidar el entorno

Más allá del disfrute y del cuidado del cuerpo antes, durante y después de una carrera, una parte esencial de la cultura runner pasa por el respeto al espacio que los rodea en cada entrenamiento o competencia. Con el objetivo de recuperar los envases PET utilizados durante los 21 kilómetros, Coca-Cola colaboró con la disposición de 800 cestos de residuos a lo largo del trayecto.

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Powerade y Bonaqua acompañaron a los maratonistas desde los siete puntos de hidratación ubicados a lo largo de todo el recorrido. 


Además, en la Plaza de Marcas, el sector lindero a la línea de largada y de llegada, la Compañía instaló Ecollects, máquinas que reciben el plástico PET y las tapitas, las compactan en el lugar y las dejan listas para su traslado a plantas de tratamiento para su reciclado. A cambio, como “premio” por ratificar su compromiso con el cuidado del ambiente, cada persona que se acercó con su botella se llevó un cupón válido por un envase retornable de Coca-Cola para canjear en cualquier kiosco o almacén.


Powerade fue el hidratador oficial de la competencia. 

La que no opinó pero sin dudas le sacó provecho al agua para mantenerse hidratada fue Lucy, una de las participantes más curiosas de la carrera: una perrita mestiza acostumbrada a pruebas de 5 kilómetros que esta vez cuadruplicó la distancia, tomó impulso y al llegar a la meta estaba más contenta que su dueño, Hernán Cerbello, con quien emprendió la aventura. “Nos entrenamos cuatro veces por semana durante seis meses. ¡Me costó más a mí que a ella!”, bromeó Hernán sobre el desempeño de su compañera, quien respondió con efusivos saludos a todo aquel que se acercara a felicitarla. Lo mismo, en definitiva, que el resto de los participantes que cruzaron la línea de meta, todos con una sonrisa de esas que no se borran fácil, ni siquiera con las lágrimas de emoción por haberse demostrado a sí mismos que llegar era posible.


 

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