Un poco por lo insólito y otro tanto por el orgullo que le genera el camino recorrido, cuando Nidia Paredes recuerda cómo era su casa hasta hace dos años no puede contener la risa. Es que su hogar fue el testigo principal de los cambios que atravesó su vida desde que se animó a tener su propio emprendimiento: un kiosco-ventana que atiende, literalmente, desde su cocina… o de lo que queda de ella. Ahora la mesada la ocupan las carameleras y la máquina para cortar fiambres, y la heladera hogareña quedó relegada por otras que refrigeran bebidas y lácteos para vender. Idéntico destino sufrió el comedor, cuya mesa abarrotada de productos es una mezcla de góndola con exhibidor, mientras otros ambientes del inmueble funcionan como depósitos.

Oriunda de Paraguarí, una localidad paraguaya ubicada a poco más de 60 kilómetros de Asunción, Nidia vino a la Argentina en 1992. Se instaló en Villa Domínico, donde armó su familia —se casó con Vicente con quien tuvo a su  hija Valentina, de 11 años— y forjó su vida laboral: por la mañana trabaja como empleada doméstica y a la tarde toma las riendas de su kiosco, que funciona de lunes a lunes.

En los inicios de esta aventura, alquilaba un espacio a la vuelta de su casa. “Estaba en el kiosco y como no quería cerrar me quedaba ahí. Si era por mí, me pasaba la noche trabajando”, recuerda. Pero ese ritmo de vida alarmó a su familia, que le propuso mudar el emprendimiento a su propio hogar. Al principio la idea no la convencía, pero de a poco le encontró el gustito: “Este es mi lugar, después de todo. Acá estoy mucho más tranquila”, concede.

Inicialmente su único equipo era una heladera y un pequeño freezer. Pero el proyecto prosperó y rápidamente se convirtió en un polirrubro en el que se pueden conseguir desde bebidas y caramelos hasta carbón o cables USB. “Lo que gano en el kiosco no lo gasto: lo invierto todo el tiempo”, explica Nidia sobre la fórmula para crecer tanto en tan poco tiempo.

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La cocina de la casa de Nidia se transformó por completo para albergar todo lo necesario para hacer crecer su emprendimiento. Vicente, su marido, la acompaña.

Trabajar en casa puede tener su lado B, como que suene el timbre a deshoras o en momentos inoportunos. “Quizás estamos por sentarnos a cenar y suena el timbre. O me pasa que me golpean la ventana cuando estoy cocinando. ¡Les tengo que pedir que me esperen a que termine de picar el ajo!”, se ríe, y reconoce que el único momento en el que se siente verdaderamente fuera del trabajo es cerca de las 23:30, cuando se va a acostar. Ahí sí, el kiosco está oficialmente cerrado.

Mucho más que un negocio

Para Nidia el kiosco es casi una pasión, una actividad que ocupa todos sus pensamientos. Es su propio proyecto y con él se siente un poco más dueña de su destino. “Me gusta mucho, y no quiero que falte nada, detesto ver un espacio vacío en los estantes. Si vendo un artículo, la próxima vez traigo dos. Mi objetivo es tener todo lo que la gente necesite”, resalta.

Ese impulso perfeccionista la motivó también a sumarse a las capacitaciones que la Unión de Kiosqueros de la República Argentina (UKRA) realiza en todo el país para ayudar a las  emprendedoras como Nidia a potenciar sus negocios. La iniciativa, apoyada por Coca-Cola Argentina en el marco del programa global 5by20, ofrece herramientas y consejos para gestionar y aprovechar al máximo las posibilidades de sus emprendimientos: “Nos enseñaron nuestros derechos como kiosqueras, pero también nos orientaron en muchos otros temas. Al comenzar con todo esto yo estaba bastante perdida”, reflexiona Nidia. Y agrega: “Estoy contenta con todo lo que logré, pero tengo ganas de seguir creciendo. En el futuro me gustaría poner un supermercado”, aventura.

Por lo pronto, su cabeza sigue proyectando nuevas ideas para que el kiosco-ventana cobre una nueva dimensión. Y mientras despide al equipo de Journey, advierte con una sonrisa: “¡Ojo, que la próxima vez que vengan capaz ya agregué productos de verdulería!”.

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