Es imposible referirse a la Avenida de Mayo de Buenos Aires sin pensar en sus veredas anchas, sus plátanos y sus palacios que son una verdadera lección de arquitectura a cielo abierto. Pero tampoco hay que dejar de lado sus tradicionales comercios, como el bar “Los 36 billares”, inaugurado en 1894, casi al mismo tiempo que la mítica avenida. Cruzar sus puertas es entrar a un túnel del tiempo. Solamente hay que decidirse a pasar.

La actividad en el local comienza a las seis de la mañana, con la llegada de los empleados y repositores. Una hora más tarde, las luces del salón se encienden para recibir a los clientes, que se mueven al ritmo de una ciudad que, de a poco, comienza a hacerse oír. Los turistas ocupan muchas de sus mesas, pero también abundan los habitués: porteños de pura cepa que definen el pulso del bar. “Juegan a las cartas, a los dados, al dominó, tienen sus propias taqueras para el billar... Son muchos años de venir; es como si estuvieran en sus casas”, relata a Journey Yanina Peña, una de las encargadas del bar.

En 1999 “Los 36 billares” fue incluido en la selección de Bares Notables de la Ciudad de Buenos Aires, una lista que destaca y celebra a los cafés y confiterías que, por su antigüedad, arquitectura o relevancia cultural definen parte de la identidad de la capital argentina. A lo largo de sus 125 años de historia, este reducto de Avenida de Mayo cosechó numerosos peregrinos ilustres, como el poeta español Federico García Lorca. Su cercanía afectiva con el bar quedó inmortalizada en un desayuno que lleva su nombre a modo de homenaje y ocupa un lugar destacado en la carta, junto con otro favorito del público: el pan dulce artesanal, que se vende todo el año.

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Con 125 años de historia, “Los 36 billares” fue incluido en la lista de Bares Notables de la Ciudad de Buenos Aires.

Tiza y tacos

Pero la seña particular de este bar no está en la planta baja sino en el sótano: allí descansan —o no tanto, según la hora— las nueve mesas de billar y otra cantidad similar de pool que terminan de completar el rompecabezas. No es que haya 36, sino que el nombre del lugar remite a la marca de las primeras superficies, compradas a una fábrica que quedaba a pocos metros del local. Los tiempos cambiaron y el escenario se actualizó, pero sólo lo justo y necesario para mantenerse en vigencia como un espacio ideal para las competiciones profesionales: por ejemplo, los paños ya no son verdes sino azules, como marcan las normas de etiqueta del circuito internacional, y además están calefaccionados, para que las condiciones sean óptimas.

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Fabián Oliveto es el responsable de la sala de billar del bar y un reconocido
jugador de este deporte.

“Se puede decir que es el mejor lugar para jugar. Ahora hay muchos, pero este es emblemático. Es un templo del billar”, asegura Fabián Oliveto, responsable de la sala y destacado jugador con más de 40 años de experiencia, en los que cosechó campeonatos de todas las índoles: cinco premios Olimpia de plata y tres Jorge Newbery, entre otros laureles. Más allá de organizar los torneos y procurar que todo esté en condiciones —se define como un anfitrión—, Fabián también sigue de cerca la difusión de la actividad. El bar tiene una escuela gratuita para aprender a jugar al billar y al pool, que funciona de lunes a viernes de 11 a 18 horas y está abierta para todas las edades.

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La actividad en el local comienza a las seis de la mañana, con la llegada de los empleados y repositores.

“El billar es mi vida, me dio todo”, resume Fabián, y no exagera: además de la vocación y el trabajo, en el plano personal se casó con la hija de otro famoso billarista, Manuel Giro y, como no podía ser de otra manera, la pasión familiar se trasladó también a su primogénito, que compite incluso en el exterior. Como si hiciera falta, Fabián confiesa que el bar es como su segunda casa, un sentimiento que comparte con Yanina, con los clientes de toda la vida y, por qué no, con la propia Avenida de Mayo, esa vieja amiga con la que lleva 125 años de historia compartida.