Cuatro de la mañana en “la isla”. Es lunes y Sebastián se prepara para iniciar un recorrido de más de dos horas hasta el Puerto de Frutos de Tigre; el mismo trayecto que transitó su padre 40 años atrás, cuando comenzó un oficio que sería un legado y un orgullo familiar. Es que para los isleños del Delta del Paraná –o Delta de Tigre–, su modo de vida es parte de sus raíces e historia, un tesoro que recibieron de sus padres y que buscan resguardar para sus hijos.

A las siete de la mañana, el trajinar es incesante sobre las decenas de lanchas amarradas en el Puerto de Frutos. El sol estival colabora con la tarea de los trabajadores que cargan mercadería. Los cajones corren con precisión olímpica sobre las delgadas tablas de madera. Es así como las famosas “lanchas almacén” se nutren de los productos con los que luego abastecen a los más de 9.000 habitantes del Delta y a los miles de turistas que encuentran en este destino un verdadero paraíso natural.

“Ignacio Franco” se llama una de esas embarcaciones. Está atracada sobre el final del muelle. Su dueño es Sebastián Bettiga, un almacenero de birome sobre la oreja, libreta en mano y un local flotante que ondula sobre el río. Frutas, verduras, lácteos, bebidas, productos de limpieza, útiles escolares, y así sigue la lista interminable. Junto a Sebastián están su hermano y socio José Luis, con quien continúa el negocio de su padre, y Luis un marinero que trabaja con ellos desde hace nueve años.

A las once de la mañana la “Ignacio Franco” está lista para zarpar. Sebastián toma el timón y capitanea su almacén. La salida es lenta y alegre. Todos se conocen, y el saludo con los colegas de otras lanchas parece un gesto obligatorio y natural antes de comenzar a recorrer el Río Luján. Mientras, su teléfono no para de sonar. La tecnología cambió las reglas del juego en los últimos años y los vecinos encargan lo que necesitan con un simple llamado o mensaje de texto.

La primera parada está a 15 minutos de viaje. Los compradores aguardan en el muelle y hacen señas para que la embarcación se detenga. Luis amarra el barco al muelle y Sebastián baja desde su lugar de capitán para cumplir con su oficio de almacenero. Papas, zanahorias, espirales para los mosquitos, leche y huevos. Tres compradores más se acercan y llevan productos antes de que la embarcación retome el recorrido por el río. Otra vez con las manos en el timón, Sebastián pone proa al siguiente muelle.

Trabajo con historia

A medida que la lancha se aleja de tierra firme el almacén va encontrando a sus clientes, ansiosos por recibir el pedido. Es que estos barcos proveedores son, en la mayoría de los casos, la única forma de abastecerse en el Delta del Paraná. Sebastián lo sabe y cumple su tarea con orgullo y responsabilidad. El recorrido que heredó de su padre lo lleva a encontrarse cada semana con clientes de muchos años, que lo eligen por calidad, precio y amistad. Pero sabe que hay que seguir “ganándoselos” en cada visita.

Este almacenero sobre el agua se emociona al pensar en lo que representa la lancha para él. Con los ojos húmedos reconoce que tiene lo que siempre soñó, y que haber formado una familia en “la isla” es, sin duda, su mayor logro. “Yo me crié acá. Desde chiquito me gustaba este trabajo. Siempre soñé con esto”, cierra Sebastián con la garganta apretada de orgullo.


 

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