¿Por qué tirar algo que no funciona sin al menos preguntarse si tiene arreglo? Mejor todavía, ¿por qué no hacerse esa pregunta en un ámbito que favorezca el desarrollo de nuevas habilidades y el fortalecimiento de los lazos humanos? Bajo esas premisas nació y crece el Club de reparadores, una iniciativa comparable a las Restart Parties europeas y que viaja a contramano de la cultura de lo descartable: celebra el consumo consciente y la economía circular a través del sencillo acto de extender la vida útil de un objeto.

Itinerantes y gratuitos, los encuentros del Club se realizan una vez por mes, se anuncian por redes sociales y se extienden por alrededor de cuatro horas. El objetivo central es poner en contacto a personas que necesitan arreglar algo, con expertos que puedan ayudarlos.  Todo comenzó en 2015 en Buenos Aires gracias al empuje de Melina Scioli y Marina Pla, y desde entonces ya se realizaron alrededor de 50 reuniones, tanto en territorio porteño como en otros puntos del país e, incluso, del exterior.

“Los ingredientes para un evento como este se encuentran en todos lados. Sin dudas, cualquiera puede organizar uno; simplemente hay que tener las ganas de impulsar la reparación como una práctica sustentable”, explica a Journey Melina. Tanto ella como Marina se interesan desde hace muchos años en el tratamiento de los desechos, y encontraron en este modelo una buena manera de enfocar sus energías para promover un cambio hacia hábitos más amigables con el planeta y sus recursos.

En equipo siempre es mejor

En esta oportunidad, un plomizo sábado de otoño acompaña el encuentro realizado en cheLA, un espacio de arte y tecnología montado en la inmensidad de una antigua fábrica de insumos de amianto en el barrio porteño de Parque Patricios. Cuando se abren las puertas, a las 14, el ritmo es muy tranquilo, pero apenas una hora más tarde el público va poblando el lugar y las preocupaciones de las organizadoras se disipan: pese a la amenaza de lluvia, el evento será un éxito.

Entre ascensores industriales y techos altísimos, los participantes se registran en una lista que completan con su nombre y aquello que traen para reparar. Concluido ese paso, en el salón principal los esperan mesas con especialistas en rubros que varían según la ocasión. El “menú del día” se anuncia con la difusión de cada encuentro; algunos, como electrodomésticos y costura, nunca faltan, pero esta vez también se suman expertos en teléfonos celulares, en encuadernación y en bicicletas. Una vez allí, la metodología es tan atractiva como simple: el que sabe ayuda al que no. A través de esta dinámica, entonces, quien se acerca con algo que no funciona no sólo puede terminar encontrando una solución a su problema, sino que además en el camino aprende y, a la vez, hasta puede terminar colaborando para arreglar algo que trae otra persona. Involucrarse en el proceso, coinciden todos, contribuye a construir un nuevo vínculo con una pieza que de otra manera terminaría en la basura.

“Reparar es una manera de reconectarnos con las cosas: una vez que le dedicaste tu tiempo, ese objeto pasa a tener una historia con vos, y viceversa”, resalta Marina, acaso trayendo al siglo XXI el espíritu del kintsugi, la técnica japonesa para arreglar cerámicas rotas que, en lugar de esconder las cicatrices, las realza y las enaltece, con la idea de que esas marcas son una muestra de identidad, de camino recorrido; son las que hacen que una pieza sea única.


Así como los grados de conocimiento varían según el caso, lo mismo sucede con las motivaciones: están los que quieren reparar un horno microondas para el uso cotidiano, como quienes se acercan con alguna rareza de otros tiempos. Y otros combinan un poco de todo, como Miguel Moore, que se entusiasmó con las características de la propuesta y cargó un bolso con un antiguo proyector de diapositivas, un radiograbador y un secador de pelo que ayudaron a engrosar la nada despreciable cifra de más de 3 mil objetos reparados en estos casi cuatro años de vida del Club.


 “Puede ser que a gran escala no estemos moviendo la aguja, pero sí sentimos que a nivel cualitativo el impacto es importante. Esa sensación de victoria que se da cuando logramos reparar las cosas es muy contagiosa, es como un logro colectivo que para todos los que participamos tiene un valor enorme”, rescata Marina, y basta con pasar un rato allí para comprobar que tiene razón: cuando un objeto vuelve a la vida puede haber abrazos, risas y hasta aplausos colectivos que recuerdan que este evento, ante todo, es un encuentro comunitario entre personas movilizadas por la convicción de que no todo está perdido.

Si querés conocer la iniciativa de Coca-Cola por Un Mundo Sin Residuos, leé esta nota.