Tonadas de cualquier lugar del mundo y abrazos fraternales de dos que se conocen de toda la vida se entremezclan en la esquina de avenida Quintana y la Plaza Intendente Alvear, frente al mítico gomero de la Recoleta. Una mixtura particular, que es cosa de todos los días en La Biela, el histórico rincón de la Ciudad de Buenos Aires que consigue lo que ningún otro bar notable: combinar su cualidad de parada obligada para los turistas sin alterar su espíritu de coqueto café tradicional porteño.

La Biela nació oficialmente en 1950, pero la esquina está ligada a la gastronomía desde muchísimo antes. A comienzos de siglo XIX, la por entonces dueña de esos terrenos, Rafaela de Vera Mujica y López Pintado, viuda del virrey Joaquín del Pino y conocida en los libros de historia como la “Virreina Vieja”, cedió esa ochava a dos peones para que abrieran su propia pulpería. De ahí en más, allí hubo múltiples emprendimientos, como los bares La Veredita o Aerobar, hasta llegar a la propuesta que sigue en pie en la actualidad.

Carlos Gutiérrez es su dueño desde 1966. Está sentado en su rincón preferido del bar, junto a la pared que exhibe piezas mecánicas de autos clásicos y fotos de los pilotos ilustres del país, con Juan Manuel Fangio y el Flaco Juan María Traverso ocupando un rol destacado. “Todos ellos vinieron al bar, igual que Gastón Perkins, que era mi preferido, o los hermanos Oscar y Juan Gálvez, cuyas estatuas saludan a los visitantes en nuestra esquina. A muchos los conozco desde que recién empezaban”, le cuenta Carlos a Journey, y delata en cada palabra su procedencia española, a pesar de que llegó a la Argentina hace 55 años.

Sin duda, los orígenes de este lugar tienen una profunda raíz ‘tuerca’. Su nombre, sin ir más lejos, lo propuso el corredor marplatense Roberto Mieres, y surgió casi como si portara un mensaje del más allá: reconocido tanto por sus andanzas a bordo de las cuatro ruedas como por su agitada vida nocturna, Roberto fundió la biela de su coche justo en la puerta, mientras daba vueltas por la ciudad buscando un nuevo bar para conocer.

Las famosas picadas de avenida Quintana de los viernes a las 9 de la noche en la década del ‘60 también hicieron lo suyo, y La Biela no tardó en convertirse en el punto de encuentro de pilotos y fanáticos de los fierros. Y una visita obligada para los corredores de Fórmula 1 que venían a competir en  Buenos Aires y se hospedaban en el Hotel Alvear, a pocos metros de allí. “Eso nos hizo conocidos en todo el mundo”, explica Carlos, que hasta se dio el gusto de atender personalmente en una de sus mesas a Felipe de Borbón, por entonces Príncipe de Asturias y hoy rey de España.

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Casi como una declaración de principios, Carlos Gutiérrez mantiene la estética del bar inalterable. Sus famosas sillas con la biela grabada en cada respaldo son un clásico.

Mucho más que autos

“Empecé a venir en marzo de 1972. Me acuerdo porque fue cuando cumplí 18 años”, relata sin poder contener la risa Juan Morrone, un habitué del lugar: visita el bar dos veces al día, antes de almorzar y a la tardecita, para tomar un café y conversar con quien se quiera sentar a su mesa –la misma de siempre–, a dos pasitos de la caja. “Es el bar de la esquina de mi casa”, se excusa con simpleza, aunque sin poder evitar los recuerdos de tertulias con vecinos ilustres del barrio, como el inolvidable futbolista Roberto Perfumo, o los acalorados debates que se llevaron más horas de las que puede contabilizar.


La Biela integra la lista de Bares Notables porteños, con la que la Ciudad destaca y celebra a los cafés y confiterías que, por su antigüedad, arquitectura o relevancia cultural, definen parte de la identidad de la capital argentina. Además de los automovilistas famosos, el lugar también supo ser el punto de encuentro de las plumas más destacadas de la literatura argentina, como Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, cuyas estatuas sorprenden hoy a todos los que ingresen al bar por la puerta de la esquina; pero también de Ernesto Sábato o Julio Cortázar, entre muchos otros. La lista es interminable.

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Las estatuas de Borges y Bioy Casares se mezclan con los clientes del bar.


“Bioy tenía su propia mesa, estaba reservada siempre para él y no la podía ocupar nadie más”, recuerda Eulalio Díaz -“Lalo” para todo el mundo-, uno de los mozos históricos de La Biela: es uruguayo, llegó a Buenos Aires en 1975 y a los dos años empezó a trabajar en el bar. “Pasé más tiempo acá que en mi casa. Cuando no vengo, lo extraño”, reconoce. A la hora de las recomendaciones, no duda: para comer, un bife de chorizo o un lomo al champignon; para otros momentos del día destaca los sándwiches y la coctelería, en especial el vermú.

“Mis hijos me insisten en que renueve la propuesta del bar, pero yo me niego”, reconoce Carlos. Y mientras se justifica, resume buena parte de lo que, en definitiva, cautiva a quien visite La Biela: “Así como somos formamos parte del barrio. Los mozos se saben los nombres de todos los clientes de la mañana, los vecinos pasan y dejan recados para algún familiar... Eso no ocurre en todos lados, ¿no?”.

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“Lalo” Díaz es mozo de La Biela desde hace 43 años, y no se imagina su vida sin el bar: “Cuando no vengo, lo extraño”, reconoce.

 

La Biela es uno de los 363.000 clientes de Coca-Cola de Argentina y parte de la extensa cadena de valor de la Compañía en el país, que incluye, entre otros, a los recolectores de cítricos con los que elaboramos nuestras bebidas, choferes que recorren cada día el territorio nacional, pequeños almacenes, kioscos, supermercados, restaurantes; y también bares como La Biela, orgullo nacional y punto de encuentro de los vecinos.

Si querés conocer la historia de “Los 36 Billares”, otro de los Bares Notables de Buenos Aires, hacé click acá