Planificación, constancia, entusiasmo y trabajo en equipo con la comunidad: la acción mancomunada de los habitantes locales sumada a la de Fundación Avina, Fundación Humedales y Coca-Cola, logró revertir la desertificación de los humedales de esta zona del norte de Mendoza, clave para el ecosistema y la actividad económico-ganadera de sus habitantes.

“Si no hay agua, no hay vida”, sentencia Zulema Barroso, mientras el sol impiadoso que da a la tarde en el El Retamo -un pequeño pueblo en el norte mendocino, casi llegando a la frontera con San Juan y San Luis- sigue tostando su cara ya curtida. 

“Si usted tiene agua está todo bien. Pero sin agua, no hay nada”, coincide Rita Barroso con  su vecina. Recuerda que, antes de las obras, los pobladores esperaban con ansias que lloviese –algo que de por sí es poco frecuente en el departamento de Lavalle, donde queda El Retamo – para recolectar agua y atesorarla. 

Zulema y Rita saben de lo que hablan por experiencia propia: vivieron el proceso de resecamiento que sufrió el sistema lagunar conformado por Lagunas de Guanacache, Desaguadero y del Bebedero –zona que abarca a su pueblo– a partir de mediados del siglo XX.

Fue en ese entonces cuando los humedales de la zona –áreas que permanecen inundadas o con su suelo saturado con agua por períodos de tiempo considerables– empezaron a degradarse y desaparecer debido a la erosión provocada por el manejo inadecuado del agua, la deforestación, el sobrepastoreo del ganado y la invasión de especies exóticas. El impacto fue dramático: los animales no tenían de dónde beber agua y, por falta de riego, era imposible que los cultivos crecieran. 

El sistema lagunar que comparten Mendoza, San Luis y San Juan enfrenta amenazas para su preservación.

 

La desertificación no sólo generó falta de agua para consumo humano, sino que también  golpeó a la economía, ya que la mayoría de los pobladores subsistía gracias al pastoreo y el cuidado de animales como cabras, ovejas, vacas y caballos. Al no tener agua para hidratarse, inexorablemente algunos animales murieron. 

Ante tal situación, para muchos de los nacidos en El Retamo y El Forzudo –un pueblo a cinco kilómetros, impactado por la misma suerte– la única solución fue un autoimpuesto exilio: debieron juntar sus cosas y trasladarse a otros pueblos, en busca de mejores oportunidades. 

En una sola frase, Heber Sosa, miembro y coordinador del Programa Humedales de Cuyo de la Fundación Humedales, que junto a la Fundación Avina y Coca-Cola trabajó en la recuperación de los principales humedales, resume el arco dramático que recorrieron las familias del área de Lagunas de Guanacache: “Las personas que vivían antiguamente en la zona se llamaban laguneros; la siguiente generación empezó a convivir con la degradación; hoy, los jóvenes, están acostumbrados al lugar seco”. 

Antes y después de las obras: la vuelta del agua permitió que se renueve la vegetación.

La vuelta del agua: un trabajo en equipo

Los humedales, proveedores de servicios ecosistémicos, como el suministro de agua dulce y fuente de diversidad biológica, son considerados uno de los entornos más productivos del mundo. 

Los de Guanacache, integran la lista de humedales de importancia internacional elaborada por la Convención Ramsar (que se reunió en 1971 en esa ciudad iraní), como dignos de ser preservados mediante un uso sustentable.  Para superar los efectos de la desertificación, en este lugar la solución consistía en recuperarlos. Y eso fue lo que propusieron la Fundación para la Conservación y el Uso Sustentable de los Humedales, la Tecnicatura Superior en Conservación de la Naturaleza (que pertenece al Instituto de Educación Física Jorge E. Coll, de Mendoza) y la Fundación Ambiente y Recursos Naturales cuando se presentaron a la cuarta edición del Concurso de Proyectos de Agua, organizado por Coca-Cola de Argentina y Fundación Vida Silvestre. El concurso, del cual resultaron ganadores, se realiza desde 2008 y tiene como objetivo evaluar, seleccionar y apoyar iniciativas de organizaciones sociales vinculadas al agua. 

La participación de las comunidades de Laguna de Guanacache fue esencial para poner el proyecto en marcha. Antes de empezar con las obras, se realizaron reuniones y talleres con la comunidad local y técnicos especialistas para definir las prioridades de restauración. “Tuvimos la posibilidad de opinar y ayudar a elegir el sitio dónde se harían las obras. Participamos en talleres y en reuniones”, explica Antonio Urquiza, habitante de El Forzudo. 

Con el pueblo de acuerdo, se definieron las características de cada obra y los materiales a utilizar. También se hicieron estudios técnicos de hidrología y agrimensura para asegurar el éxito de las intervenciones. 

Con la ayuda de una máquina retroexcavadora y un camión volcador, se levantaron terraplenes en barrancas, para detener la erosión y elevar el nivel de agua. Los terraplenes se revistieron con membrana geotextil, que se enterró y fijó al suelo con estacas, para evitar la erosión por el agua. 

La recuperación del agua se da por la lluvia, que se acumula y queda en una especie de embalse. Así, a medida que la obra se va llenando con sedimento, el agua acumulada inunda el fondo de la laguna restaurando el humedal. 

Coca-Cola y su compromiso con el agua

Cuando a principios de 2016 un equipo conformado por Coca-Cola y sus socios en el proyecto visitaron el pueblo, se habían recuperado reservorios de agua dulce, renovado la vegetación palustre y retornado la fauna silvestre. Desde 2011 a 2016, se recuperaron 3.093.517 m3 de agua en las obras de restauración y conservación del Sitio Ramsar Lagunas de Guanacache. 

Este proyecto es uno de los que contribuyó a que Coca-Cola cumpliera su objetivo de reabastecer a la naturaleza y a las comunidades la suma equivalente de agua utilizada en el volumen total de sus ventas. Fue en 2007 cuando la Compañía se propuso lograr globalmente esta meta para 2020. Desde entonces, gracias a su participación en 248 proyectos comunitarios en 71 países –de acceso seguro al agua, protección y cuidado de cuencas, y uso del agua para proyectos productivos que benefician a la comunidad- pudo lograrlo en 2016. La Argentina fue uno de los países que, individualmente, alcanzó la meta aún antes: en 2015, cinco años antes de lo previsto, había logrado el buscado equilibrio hídrico. 

“Sin agua no hay vida”, aseguran las vecinas de El Retamo. O, como dice Sosa, “el impacto que tienen estos proyectos en la comunidad supera el beneficio ambiental”. El esfuerzo por recueperar cada gota de agua, vale la pena.