“Acá toda la vida faltó agua”, recuerda Antonio Urquiza, habitante de El Forzudo, un pueblo ubicado en el extremo norte de la provincia de Mendoza. Lo cierto es que en los últimos 50 años la situación empeoró: la erosión provocada por el manejo inadecuado del agua, la deforestación y el sobrepastoreo generaron un resecamiento paulatino del sistema lagunar conformado por Lagunas de Guanacache, Desaguadero y del Bebedero. El cambio impactó no sólo en la geografía, sino en la economía de los pobladores: viven en la zona 100 familias que se dedican al pastoreo de ganado caprino y en tiempos de sequía no contaban con agua para sus animales ni para cultivos.

Ante la evidencia del problema, faltaba pensar en una solución que devolviera a los pobladores la garantía de un acceso seguro de agua. Con ese objetivo trabajaron juntos la Fundación Humedales, la Tecnicatura Superior en Conservación de la Naturaleza (del Instituto de Educación Física Jorge E. Coll, de Mendoza) y la Fundación Ambiente y Recursos Naturales, quienes presentaron una iniciativa en la cuarta edición del Concurso de Agua, organizado por Coca-Cola de Argentina y Fundación Vida Silvestre. El proyecto resultó ganador, lo que posibilitó la concreción de la obra.

“Fue como una consulta popular. Los habitantes nos marcaron la cancha y nos explicaron qué esperaban del proyecto”, cuenta Nidia Amaya, de la Fundación Humedales, al explicar la dinámica de reuniones entre las organizaciones participantes y la comunidad.

Una vez acordados los criterios, sólo bastaba poner manos a la obra, y eso fue lo que sucedió: la acción mancomunada de los pobladores locales, Fundación Avina, Fundación Humedales y Coca-Cola, logró revertir la desertificación de los humedales de esta zona del norte de Mendoza.

Con la ayuda de una máquina retroexcavadora y un camión volcador se levantaron terraplenes en barrancas para detener la erosión y elevar el nivel de agua. Los terraplenes se revistieron con membrana geotextil, que se enterró y fijó al suelo con estacas para evitar la erosión. La recuperación del agua llega con la lluvia, que se acumula y queda retenida en una especie de embalse. Así, a medida que la obra se va llenando con sedimento, el agua acumulada inunda el fondo de la laguna restaurando el humedal.

El impacto de la iniciativa fue notorio para la actividad económico-ganadera de sus habitantes y, al mismo tiempo, mejoró sus condiciones de vida: cuando llueve tienen la tranquilidad de que el agua queda en el embalse. 

Rita Barroso, habitante del pueblo vecino El Retamo, asegura que, por su escasez, para los habitantes del lugar el agua siempre fue una prioridad. Pero incluso las pocas veces que llovía no tenían donde almacenarla.

“Yo vivo de los animales y siempre fue así en mi familia: lo hicieron mis padres y ahora mis hijos también”, enfatiza. El embalse le garantiza a Rita el acceso al agua para los  animales que ya tiene, y la hace soñar con poder aumentar su rebaño. “La primera vez que vimos que el agua de lluvia había quedado atrapada fue una alegría inmensa”, concluye.

Trabajar y compartir: el embalse y los legendarios chivitos asados

La experiencia de la construcción del embalse fue una celebración para todos los involucrados en el proceso: pobladores locales y técnicos compartieron largas jornadas de trabajo y merecidos recreos. “Entre tarea y tarea tomábamos mate y comíamos algo. Yo tengo recuerdos muy lindos de esos días”, recuerda Rita.

Su vecino Antonio cuenta que participó de las obras, ayudó a poner la membrana geotextil y a llenar las bolsas de arcilla. Entre risas, confiesa: “también ayudé a hacer el asado”. Y si: los chivitos a la parrilla quedaron anclados en la memoria colectiva.

En 2015, el embalse se desbordó y debieron reconstruirlo. De nuevo, se juntó todo el equipo y volvieron a armarlo. Una nueva oportunidad de encuentro y de trabajo común.  

“Los habitantes se apropiaron de la obra y están en forma permanente tratando de mantenerla. Es una construcción de apropiación de las obras con resultados visibles”, concluye Amaya.