Todo es silencio excepto por el leve rumor de burbujas en el agua. Nada altera la tranquilidad de este remanso de paz, donde centenares de vegetales crecen paulatinamente. El aumento del tamaño de sus hojas es la única forma de percibir el paso del tiempo en este invernadero, ubicado a pocos metros del comedor Los Piletones, en el barrio porteño de Villa Soldati. No se trata de un huerto tradicional: los vegetales no crecen sobre la tierra, sino sobre el agua.  

Ezequiel Eguía, Director y cofundador de la Fundación Huella Verde –institución que promueve la construcción de huertas hidropónicas– explica el secreto del funcionamiento de este lugar. “Hidroponia es un cultivo que no lleva tierra. Hidro viene de agua y ponia es trabajo”, describe Ezequiel, mientras pasea entre hileras de lechugas que flotan sobre las bandejas acondicionadas. 

El proyecto surgió tres años atrás, cuando Ezequiel, Diego Musich y Agustín Goyret buscaban la forma ayudar a Margarita Barrientos a construir una huerta que proveyera de vegetales frescos para las comidas que se sirven en el comedor Los Piletones. “Empezamos con una huerta con cultivo tradicional y como vimos que no progresaba por factores climáticos, las plagas y la calidad del suelo, cambiamos por otra técnica, que fue la ideal para este lugar”, explica Ezequiel.

Los tres amigos evaluaron que la mejor manera de sacar adelante una huerta en un lugar con suelo contaminado y las plagas habituales era por hidroponia. Por eso, acondicionaron el antiguo basural y comenzaron con la instalación de decenas de mesas adaptadas para contener canales de agua, que servirían para plantar allí los vegetales.

Para construir su primer modelo de huerta hidropónica contaron con la financiación de Coca-Cola Femsa (una de las embotelladoras de Coca-Cola en Argentina), del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y el apoyo del INTA. Con la ayuda de cinco jóvenes del barrio, en tres meses lograron montar la compleja estructura.

Un concepto diferente

Además de recibir el sistema de riego característico, el invernadero cuenta con alta tecnología para proteger los preciados vegetales que allí crecen: un canal automatizado cierra los laterales en el caso de que haga demasiado calor, demasiado viento o se acerque una tormenta.  Un termómetro, discretamente colocado cerca de la entrada, controla que la temperatura del recinto ronde los 23 grados centígrados. 

La estructura, de 30 metros por 8 de ancho, acoge plantaciones de lechuga y tomate, que, una vez crecidas, se entregan al comedor social de Margarita Barrientos. Cada mes el comedor recibe 300 kilogramos de estas verduras orgánicas. Al final del espacio crecen brotes de berenjenas, cebollín, menta, morrones, tomillo y romero, entre otras aromáticas. Estas últimas serán vendidas en mercados para lograr fondos para Huella Verde.  Fuera de este silencioso espacio, un espantapájaros previene la llegada de aves a los cultivos de melón, maíz y zapallitos. 

El agua usada para el riego está tratada especialmente y contiene los nutrientes necesarios para el correcto crecimiento de las plantas. Solo con el líquido, logran cosechar en la mitad del tiempo que tomaría un cultivo tradicional, controlan mejor las plagas y producen hasta un 300% más que en una huerta “de tierra”, continúa Ezequiel.

Los impulsores de la iniciativa desarrollaron los diferentes modelos de riego que se emplean en el invernadero: el flotating, el nft y la “aquaponia”.

El primero consiste en mantener flotando los vegetales sobre una plancha agujereada que a su vez se encuentra sobre una pileta de 8 metros de largo por 1,5 de ancho y 30 centímetros de profundidad. Un sistema de oxigenación constantemente activo evita que el agua se pudra.

El nft, que responde al nombre de sistema de lámina nutritiva, se basa en una solución de nutrientes, como magnesio y calcio, que cada 15 minutos baña las raíces de las lechugas.  

El último sistema dentro de la hidroponía es la aquaponia, que ensayan aún a pequeña escala.  Por un lado promueve la cría de peces y por otra la de vegetales. “Con el excremento del pez se alimenta la raíz del vegetal y el pez se alimenta del alga del vegetal”, explica Ezequiel.

La Fundación Huella Verde tiene ahora seis integrantes y busca expandirse por toda la Argentina para implementar esta clase de huertas en el mayor número de comedores sociales. Ezequiel explica que el nombre de la Fundación responde, precisamente, a la identidad de la iniciativa: dejar una marca sustentable.

En esa línea, proyectan instalar un invernadero en Santiago del Estero para asistir a otro comedor social impulsado por Magarita Barrientos. También prevén iniciativas similares en los partidos de  San Miguel y Tres de Febrero. “Es un modelo que queremos replicar a nivel nacional, para poder alimentar mejor a quienes asisten a los comedores, y también generar una cultura de empleo”, añade Ezequiel con una sonrisa esperanzada. 

En Los Piletones, de hecho, dos personas cuidan de lunes a viernes la huerta, mientras que los fines de semana las relevan en la tarea ocho mujeres que se hospedan en un refugio para víctimas de violencia, a escasos metros de allá. 

Además, la Fundación aspira a que la gente pueda replicar este modelo de cultivo en sus casas. Para ello, están organizando talleres para formar a quienes viven cerca de los comedores sociales, para que aprendan el sistema y puedan incorporar el consumo de verduras frescas.

Tres amigos, una idea, y miles de beneficiados gracias al círculo virtuoso que lograron generar: un proyecto sustentable que provee verduras frescas y orgánicas a quienes más lo necesitan.