Margarita Barrientos es una institución en sí misma. El comedor Los Piletones, la guardería San Cayetano, el centro de salud Ángela Palmisano y el Centro de Día para abuelos, entre otros, ocupan su tiempo. Su tarea provoca admiración y la ubica como referente social indiscutida. La fundación que lleva su nombre alimenta diariamente a más de 1.200 personas, entre las que se encuentran niños, mujeres víctimas de violencia de género y ancianos. Con el foco puesto en la ayuda al prójimo, lucha cada día desde 1996 para sostener sus proyectos y sumar colaboradores.

Uno de sus más recientes logros fue la instalación de una huerta hidropónica en el comedor social Los Piletones, en el barrio porteño de Villa Soldati. Gracias a este sistema de cultivo, desarrollado dentro de un invernadero, el comedor comunitario recibe 300 kilos mensuales de lechuga y tomate. La puesta en marcha de esta iniciativa, que logra hacer crecer verduras sin necesidad de tierra y de forma ecológica, fue un alivio para la Fundación Barrientos, que antes debía destinar dinero para comprar la verdura, y logística para hacerla llegar hasta el comedor.

Margarita sonríe cuando recuerda la instalación de la huerta, ubicada a 50 metros de Los Piletones, en diciembre pasado. Su primer mensaje es de agradecimiento para Huella Verde, la fundación que promovió la iniciativa, y para Coca-Cola Femsa, una de las embotelladoras de Coca-Cola en Argentina, que financió gran parte de la construcción de la huerta. "A veces llega un momento en el que uno toca fondo y se siente solo y sin acompañamiento, pero esta huerta nos solucionó el problema de la verdura: ya no compramos lo que podemos producir nosotros", destaca.

El proyecto de la huerta hidropónica llegó como una solución económica a una necesidad constante, porque en el comedor se sirven desayunos, almuerzos, meriendas y cenas: unos 2.600 platos de comida al día. Incansable por naturaleza, Margarita busca ahora sumar a esas lechugas y tomates más donaciones, como por ejemplo de papas, choclos, limones y otras hortalizas y frutas.

El comedor, que cuenta con la ayuda voluntaria de mujeres del barrio que preparan las comidas por tandas de forma eficiente y con una sonrisa, atrae a decenas de familias con chicos de todas las edades, que esperan en fila a que llegue su turno para poder comer. “Es importante que nuestros platos tengan mucha verdura, para promover la buena alimentación en los niños desde que son bien chiquitos”, destaca Margarita. 

Ezequiel Eguía, Director de la Fundación Huella Verde, explica que la idea de construir un huerto casi a las puertas del comedor comenzó hace cerca de tres años, cuando se lo propusieron a la propia Margarita. La idea inicial consistía en una huerta tradicional, pero esta alternativa que no logró prosperar debido a las plagas y el suelo contaminado.  

Entonces se decidió reconvertir la huerta a un modelo hidropónico, que no depende de la calidad del suelo sino de las habilidades de sus cuidadores. Con 30 metros de largo por ocho de ancho, este moderno invernadero mantiene una temperatura promedio de 23 grados y genera las condiciones ideales para el crecimiento de las plantas. Sensores de viento y tormenta de última generación permiten cerrar automáticamente los laterales de la construcción si las condiciones climáticas son adversas.

Manos a la obra

En la construcción de la huerta colaboraron cinco jóvenes del barrio durante tres meses. Aprendieron a armar los tirantes de madera, a nivelar el suelo y a instalar las lonas protectoras. Actualmente, dos personas cuidan en la huerta de lunes a viernes, mientras que los fines de semana la instalación es cuidada por ocho mujeres que se hospedan en el refugio para Víctimas de Violencia situado en el terreno lindero.

Esas mismas mujeres arman macetas de madera de quebracho, que sirven de recipiente para plantas aromáticas cultivadas en la huerta. Esas plantas luego se venden gracias a un convenio entre Huella Verde y algunos supermercados, y las ganancias permiten a Huella Verde impulsar otras huertas en comedores sociales del país.

"Hay una mujer que no sale a ninguna parte pero viene acá porque ve el crecimiento de las plantas. Es como una terapia para ella", comenta Ezequiel, para quien los huertos son una oportunidad para dar comida saludable y sin pesticidas a gente sin recursos, pero también para generar empleo y formación. El proyecto de la Fundación Huella Verde prevé también capacitar a los vecinos del barrio para que aprendan a replicar este modelo de huerta en sus propias casas.

Tanto Ezequiel como Margarita coinciden en el impacto positivo de estas iniciativas en las comunidades y buscan instalar estos cultivos cerca de comedores sociales de todo el país. En Santiago del Estero, otro centro de la Fundación Barrientos se apresta a construir su propia huerta: "Será maravilloso llevar este sistema de huerta hidropónica a esos lugares tan carenciados y donde hay mucha necesidad y mucha gente que no consume verdura", concluye la incansable Margarita.